Columna de opinión, Escritura
Deja un comentario

Dejemos al menos flores

Me ha resultado difícil aterrizar un tema para esta columna, debido a los múltiples eventos que se desarrollan a lo largo y lo ancho de este mundo. Hay mucho que decir y, al mismo tiempo, todo parece abrumador. Decir algo, cualquier palabra, parece inútil porque parece que nadie tiene la voluntad de detenerse a escuchar. Peor aún, hay momentos en que contenemos la respiración esperando consecuencias funestas para todos.

Las posibilidades de un conflicto mundial, donde se vuelvan a utilizar armas nucleares, es quizás uno de los grandes temores de la humanidad, una amenaza que, en cada nuevo ataque y discurso altisonante, comprendemos como un peligro real. Con ese contexto, es difícil continuar con nuestra vida cotidiana sin sentirla o pensarla como algo pequeño, algo inútil. Y, sin embargo, es allí donde buscamos una pizca de consuelo, en el abrazo de los nuestros. En la cotidianidad. Tomamos más consciencia de los pequeños detalles y nos preguntamos por nuestra mortalidad, por la fugacidad del mundo.

Por un lado, pareciera que lo que se impone es hablar y comentar sobre dichos eventos, como hace tanta gente. No hacerlo puede parecer evasión, ignorancia o indiferencia. Pero el hecho de no hablar o comentar sobre cierta situación no significa que no estemos al tanto de las cosas o que no nos importe el tema. A veces, simplemente, no se sabe qué decir o escribir.

Leí hace poco, en la revista española Cuadernos Hispanoamericanos, una entrevista con la escritora dominicana Rita Indiana. La publicación destacaba una frase de ella con la que me sentí plenamente identificada. El escritor Munir Hachemi le pregunta sobre la situación política actual, sobre todo en Estados Unidos. Indiana contesta: “Es un momento peligroso y vendrán cosas peores: también es un momento de impotencia que me hace cuestionar la práctica misma de la escritura, hasta qué punto esto no es una rumia superficial en medio de lo que está pasando”.

La frase me llamó la atención porque es algo que también vengo preguntándome. ¿Qué sentido tiene escribir narrativa en momentos difíciles para la humanidad? ¿Sirve para algo la escritura cuando los poderosos del mundo planifican ataques y realizan masacres con toda frialdad y premeditación? ¿Qué puede hacer la escritura de una persona ante otros que asesinan, lanzan balas y bombas sin compasión alguna por el dolor ajeno y que, además, justifican sus acciones destructivas? ¿Para qué escribir novelas, cuentos, poemas, crónicas, columnas si parece que nadie lee, que a nadie le interesa? ¿Para qué escribir si la palabra no mueve a la acción colectiva?

No son sólo los eventos bélicos mundiales los que ponen en duda la necesidad de que sigamos escribiendo. Desde la negativa del dueño de la IA Claude de firmar un contrato con el Pentágono, se ha generado una especie de simpatía masiva del público hacia dicha empresa. Esto ha provocado una mayor visibilidad de sus posibilidades de trabajo, ya que algunos han preferido dejar de usar ChatGPT en favor de Claude. Supongo que piensan que es “más ético”, no lo sé. Para mí ha sido sorprendente encontrarme a diario con entradas en redes sociales que dicen, literal: “El libro que has pospuesto escribir desde hace tres años puede ser terminado en 48 horas. Lo único que te detiene es no conocer estos 9 prompts para Claude”. Una variante promete que Claude no sólo escribirá tu libro, sino que lo diseñará y que lo dejará listo para ser impreso.

Estas promesas desconcertantes de poder escribir una novela en 48 horas con la asistencia de una IA se miran sustentadas con la sobre abundancia de auto publicaciones de libros creados de esta manera (Amazon está inundado de ellas), lo cual además se refuerza con la opinión de algunas personas que piensan que las IA llegarán a escribir mejor que los humanos y que los escritores ya no seremos necesarios. Un temor que, por cierto, se extiende hacia otros oficios, cuyos destinos se sienten frágiles si se comprueba que su labor puede reemplazarse por una IA que realiza la misma tarea en menor tiempo, a menor costo y con mayor ganancia económica.

¿Cuál es la utilidad de la palabra en momentos de tensión para la humanidad, la sociedad y el individuo? ¿Sobre qué se escribe cuando todo parece desmoronarse? Si soy sincera, no lo sé.

Tendemos a pensar que sólo hay una tarea posible, la de denunciar, protestar, informar; escribir sobre lo que ocurre; advertir sobre un futuro oscuro; recordar otros momentos de la historia donde eventos similares dejaron consecuencias devastadoras; hablar sobre el tema, discutirlo, gritarlo, protestar, dedicar todo el esfuerzo narrativo en ello. ¿Pero es efectivo? ¿Sirve para algo? Y, además, ¿cómo hacerlo? ¿Dará tiempo para escribir una novela sobre el tiempo actual, si no sabemos si sobreviviremos de aquí a un mes? Se pudo escribir poesía después de Auschwitz, sí, ¿pero la seguiremos escribiendo después de una nueva bomba atómica?

La literatura no salvará, ni ha salvado al mundo de la barbarie. Sin demeritar, quizás solamente salva a unos cuantos individuos. Quizás alguien, en algún refugio antibombas, burló su miedo con poemas o novelas, leyendo en voz alta para los demás. ¡Cuántos soldados salvaron una parte de su humanidad mientras garrapateaban letras apuradas en libretas y papeles en los campos de batalla! ¡Quiénes, cuántos, habrán salvado algún libro de entre los escombros de los bombardeos!

Puede que escribir encierre algún pequeño, mínimo sentido. Dejar de hacerlo, o limitarse a escribir sobre las tribulaciones del presente, es dejar que ese odio, esos rencores, esas mezquindades, esos fanatismos que mueven las guerras y los conflictos humanos, ganen la batalla. Dejar que nos quiten la capacidad de reír, de imaginar, de ser compasivos, de sentir alegría por un jardín que florece o por un gato que ronronea cuando lo acariciamos, eso es haberlo perdido todo.

Hay que seguir escribiendo, pintando, cantando, bailando. Hay que estar informados, saber lo que pasa en el mundo. Hay que seguir hablando de nuestro quehacer creativo, de lo que vemos y pensamos, de lo que esperamos a futuro, de lo que debería ser la vida de la humanidad. Porque eso, a fin de cuentas, alimenta la esperanza necesaria para confiar en que habrá un mañana mejor y seres humanos que sabrán vivir en forma armoniosa. Eso nos dará el impulso de continuar adelante, un día más, aunque todo parezca tan oscuro a nuestro alrededor.

Esta preocupación del quehacer individual, frente a tiempos de desgracia y, sobre todo, ante la consciencia de nuestra mortalidad, no es nueva ni única. Netzahualcóyotl, tlatoani de Texcoco en el México prehispánico, quien además era estratega militar, legislador, urbanista, ingeniero hidráulico, arquitecto, jurista, filósofo, mecenas de las artes y poeta, dejó unos versos que siempre recuerdo en momentos de desánimo, en momentos en que siento que la escritura es inútil: “¿Con qué he de irme? / ¿Nada dejaré en pos de mí sobre la tierra? / ¿Cómo ha de actuar mi corazón? / ¿Acaso en vano venimos a vivir, / a brotar sobre la tierra? / Dejemos al menos flores / Dejemos al menos cantos”.

Dejemos al menos flores, dejemos al menos cantos; dejemos al menos novelas, cuentos; dejemos algo de poesía en este mundo triste que tanto lo necesita.

(Publicado domingo 8 de marzo, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto propia, tomada en el Jardín Botánico Plan de la Laguna, Antiguo Cuscatlán).


Descubre más desde Jacinta Escudos

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.