Siento que es obligatorio hablar sobre el reciente incendio en los edificios centenarios del centro de San Salvador. Hay muchas cosas que decir y, sin embargo, me cuesta todavía encontrar las palabras. Mi reacción inicial fue de mucha tristeza, impotencia y preocupación, no sólo por el futuro de la infraestructura histórica del centro, sino incluso por el futuro de sus habitantes.
Hemos sido testigos de numerosos incendios en la ciudad, desde hace años. No sé si me equivoco, pero creo que es la primera vez que, además de la destrucción, el siniestro se cobró la vida de cinco personas. Desde hace años, también, hay quienes opinan que estos incendios son provocados para poder desalojar terrenos con más rapidez y ocuparlos para reconstrucciones que nada tienen que ver con los edificios originales. La poca claridad y la falta de información pública sobre los resultados de las investigaciones pertinentes contribuyen a alimentar dichas sospechas.
Nos hemos mal acostumbrado a estos eventos y, con ello, caemos en la insensibilidad. Poca gente se sorprende ya cuando se da noticia de un incendio. Este último, ocurrido el 13 de febrero en la madrugada, ha quemado lugares emblemáticos de la 6ª. Avenida Sur, la 4ª. Avenida Sur y la 8ª. Calle Oriente. Para quienes conocemos y tenemos parte de nuestra vivencia personal estrechamente ligada al centro, ver las cenizas de la destrucción resulta profundamente triste y doloroso. También fue doloroso conocer las historias personales de quienes perecieron, gente trabajadora que vivía en la zona, como tantos cientos más de habitantes que no tienen otra alternativa.
A la tristeza sobre la tragedia humana se suma la de conocer algunos comentarios, totalmente insensibles y fuera de lugar. “Qué bueno que se quemaron ese montón de tablas viejas”. “Ahora tendremos edificios modernos”. “Eran lugares feos e inútiles, sucios, llenos de ratas y ladrones”. “Nunca iban al centro y ahora están lamentando”. “Ahí sólo había chupaderos, muy bien que ya no existan”, etc. Comentarios como estos nada más reflejan diversos grados de ignorancia y desprecio por su propia historia.
Quien piensa de esta manera no sabe que muchas de estas casas antiguas son lugares habitados y no están abandonadas o vacías. Muchas edificaciones, ante el abandono en el que han quedado estas estructuras, fueron reconvertidas en mesones y viviendas, cuyas habitaciones se alquilan por un valor mínimo. Las condiciones para habitarlas no son óptimas, todo lo contrario. Sin embargo, la precariedad obliga a algunas personas a aceptar vivir en dichos lugares, aún a riesgo de su salud, de su dignidad humana e, incluso como ocurrió ahora, de su seguridad personal. Esto pone de manifiesto, además, el grave problema de la falta de vivienda digna para sectores pobres y medios, problema que se agrava con la actual burbuja constructiva e inmobiliaria que ha inflado los precios de alquiler a niveles insostenibles.
Por otra parte, la pérdida de estos y otros inmuebles centenarios (muchos de ellos parte de nuestro patrimonio nacional), se convierte en un evento que amenaza con borrar nuestra historia. Son pocas las personas o instituciones en este país que se han dedicado al estudio, documentación, fotografía y recopilación de testimonios sobre estos inmuebles. Los escasos historiadores y académicos que tenemos no cuentan con las condiciones económicas ni materiales adecuadas para investigar y documentar toda la riqueza de dicho patrimonio.
No sólo es necesario documentar, sino también poner a disposición del conocimiento público dichas investigaciones, porque eso construye no solamente memoria, sino, sobre todo, un sentido de identidad, de orgullo nacional y de arraigo con el país y con nuestros ancestros. Quizás eso ayude a que las personas que opinan, casi diríase con alegría por ver esta destrucción, se den cuenta de que lo quemado no es nada más un montón de casas viejas e inservibles.
Estoy convencida de que ese mismo desconocimiento es el que nos ha hecho despreciar, olvidar y abandonar una ciudad que tuvo momentos de esplendor diverso. Quien tenga la curiosidad de buscar fotografías antiguas de San Salvador podrá comprobar la belleza y la variedad de los diferentes estilos arquitectónicos que ha tenido, así como las dinámicas comerciales y comunitarias pujantes que dieron vida al centro de la ciudad. Recomiendo, por ejemplo, el libro San Salvador: el esplendor de una ciudad 1880-1930, trabajo de Gustavo Herodier, publicado en 1997 por la Fundación María Escalón de Núñez y ASESUIZA.
Hemos pasado por la destrucción, derrumbe y descarte de piezas centenarias, históricas, de un valor único por su manufactura y antigüedad. Ése es nuestro patrimonio cultural. ¿Pero cuánto de ello nos queda? ¿Y qué herramientas técnicas y legales tenemos para protegerlo o para preservar su historia, dado el caso de una futura tragedia? En este sentido, hay un vacío en la documentación de la evolución, no solamente de la capital, sino también de las ciudades y pueblos del país. Esta tarea se plantea ahora como algo importante y urgente, debido a la gentrificación que están sufriendo muchos de nuestros espacios.
Un edificio quemado no es solamente maderas, hierros y láminas que se retuercen y carbonizan. Sus paredes y fachadas nos hablan también de sus habitantes y de las etapas diversas por las que atraviesa una ciudad. Cuando un edificio o parte de una urbe colapsa, sea por acontecimientos naturales, cortocircuitos o mano criminal, se pierde no solamente una infraestructura, sino también y, sobre todo, parte del tejido humano, de las costumbres y de la cultura de sus habitantes, eso que le da vida no sólo a un inmueble sino a sus alrededores.
Una casa como La Concordia, por ejemplo, una de las afectadas en el incendio del 13 de febrero, era sede desde 1872 de la Sociedad de Artesanos y Obreros, una asociación que albergaba a sastres, zapateros, carpinteros, tipógrafos y otros trabajadores manuales de oficios diversos. Su conformación tenía como objetivo “el mejoramiento de la condición moral y material de sus miembros y en general de la clase obrera; fomentando la instrucción de los artesanos, ejerciendo la beneficencia y cultivando la amistad (sic)”, según lo indica el artículo 2 de sus estatutos, publicados en el Diario Oficial el 29 de abril de 1884. Para ello, fundaron una biblioteca, una escuela nocturna y una caja de ahorros para sus miembros, además de participar en diversos festejos públicos.
Es necesario tener claro que las pérdidas que ocasiona un siniestro como este no son sólo materiales, sino que también hay pérdidas intangibles. Ambas son importantes y superan el mero valor material.
Las vulnerabilidades de diversas edificaciones del centro de San Salvador han sido señaladas desde hace años. Por desgracia, no ha habido interés, voluntad política ni gestiones diligentes de ningún gobierno para realizar tareas reales de restauración (las cuales no deben confundirse con la práctica actual de demolición y construcción de algo diferente).
Para quienes trabajamos en cultura, pervive una sensación de impotencia y de pesimismo que nos lleva a temer que eventos como este continuarán ocurriendo. Por ello es urgente conocer lo que todavía está en pie del centro auténtico, documentar, fotografiar, hablar con sus habitantes, crear registros y archivos de esa parte de la ciudad que aún permanece en pie y que lucha para no permitir que su historia quede convertida en carbón y olvido.
(Publicado en sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 22 de febrero, 2026. Foto propia del centro de San Salvador, zona del Teatro Nacional, tomada en 2019).
Descubre más desde Jacinta Escudos
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
