Hace unos días, un amigo me envió una revista en PDF para que leyera un par de artículos. Lo primero que noté al abrirlo en línea fue una franja en la parte superior del visor que decía algo así como: “Este documento es muy largo, tiene 47 páginas. Si oprimes aquí, la IA te resumirá su contenido”.
No me había dado cuenta de la longitud de la revista, pero un documento de 47 páginas no me parece particularmente largo. Además, quería examinar el contenido completo y leer los artículos recomendados completos y por mi cuenta. Eliminé la advertencia que, por cierto, volvió a aparecer un par de veces más, insistiendo en ofrecerme un resumen de lo que estaba leyendo.
Pocos días antes, había actualizado el programa de Word en mi laptop. Cada vez que abría un documento, aparecía en la página en blanco un pequeño lápiz con un signo más. En cuanto escribía algo o ponía un punto y aparte, aparecía un globo ofreciéndome la IA para terminar de redactar el documento. “Si me explicas cuál es tu idea, la IA puede redactarlo en cuestión de segundos”. “La IA puede escribir esto de manera más breve y rápida”. La IA puede esto y la IA puede lo otro. Yo solo iba cerrando los mensajes, pero en un momento perdí la paciencia y escribí con letras mayúsculas (que es como gritar): “Soy escritora y no necesito tu ayuda para redactar un texto. Yo puedo pensar y escribir sola. No me molestés más”.
La IA, que suele ser muy cordial para contestar, quedó muda y no replicó. De inmediato me di a la tarea de averiguar cómo eliminar aquel lapicito impertinente y sus mensajes. Tardé un rato, pero lo encontré y deshabilité la función.
Esa experiencia me dejó pensando en lo fácil que es caer en la tentación de la IA. El tipo de textos que escribo (que son opiniones, ficción literaria y textos creativos), necesitan justamente de mi pensamiento y de mi uso particular del lenguaje para convertirlos en algo que pueda llamar mío. Con “mío” me refiero, sobre todo, a un escrito donde pueda reconocer e identificar el eco y el sentido de mis palabras, algo así como verme al espejo y ver mi imagen.
Alguna vez, picada por la curiosidad, le compartí una de mis columnas a la IA para que la revisara. Pensaba, sobre todo, en que detectara repetición de palabras, algo que a veces se me pasa por alto en la prisa de la escritura y la fecha de entrega de esta columna. Lo que la IA me devolvió fue una reescritura completa, un texto frío donde mi manera personal de redacción fue sustituida por oraciones limpias, asépticas y, sobre todo, por un lenguaje convencional y sin personalidad. Sin errores, ajá, pero sin nada que lo identificara como algo propio. Deseché dicha versión y descarté utilizar la IA para dicho propósito.
En otra ocasión, pensando en que quizás esta vez sí podría ayudarme en algo, le pedí a la IA que me diera ejemplos de buenos comienzos y finales de cuentos en la literatura, a propósito de un taller literario en el que estaba trabajando. Para comenzar, cuando se le hacen preguntas literarias, parece que la IA sólo conoce a un puñado de escritores y, para cualquier y toda solicitud, siempre nombra a los mismos: Isabel Allende, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Charles Dickens y no recuerdo quiénes más.
Lo que me sugirió como buenos comienzos de literatura eran cuentos de dichos escritores. Me llamó la atención uno en particular. Decía que era un cuento de García Márquez llamado algo así como “El almuerzo del día sábado”, pero el párrafo correspondiente que citaba era el inicio de su novela Crónica de una muerte anunciada.
Hice notar a la IA dicho error y, como suele hacer, envió una respuesta cordial y llena de halagos: “Tienes razón, el párrafo pertenece a lo que tú dices. Veo que eres una persona que conoce mucho de literatura, te agradezco la observación, tomaré nota para mis archivos”, etc., etc. Por cierto, el título del supuesto cuento también estaba equivocado pues no existe. Cuando pedí ejemplos de buenos finales, volvió a cometer el mismo fallo: repitió el título que le había rectificado y citó un final que correspondía a algún cuento no identificado.
Detecté esos errores porque conozco las obras y autores con los que la IA amalgamó aquella respuesta. Pero, para quienes no hayan leído los autores y títulos mencionados o, peor aún, para quienes no se toman el trabajo de verificar la información que la IA ofrece, este tipo de resultados tienen numerosas implicaciones.
Ya he comentado en artículos anteriores los problemas que el uso ciego de la IA puede ocasionar. Para mí, la preocupación principal es esa aceptación incuestionable de sus resultados. Hay que tomar en cuenta que los diferentes modelos de IA todavía están en fase de desarrollo. Pese a que su evolución progresa a pasos agigantados, todavía comete errores.
Por desgracia, la imposición de su uso, que se expande y se hace presente en casi cualquier programa o aplicación que usamos, está ocurriendo a una velocidad tal que a duras penas nos permite debatir o analizar a profundidad las ventajas y desventajas de su uso. Su fácil acceso puede parecer inofensivo, pero debemos tener cuidado de no considerarlo un sustituto para el aprendizaje ni un atajo para realizar tareas desagradables o para las cuales no somos muy hábiles, como redactar textos, por ejemplo.
Si una persona sabe que tiene limitantes para redactar, encargarle la tarea a una IA no solucionará el problema y sólo funcionará como un parche para disfrazar una habilidad que no se tiene. Leer y redactar, borrar y corregir, quitar y aumentar palabras es lo que verdaderamente nos enseña a construir lenguaje y a transmitir nuestro pensamiento. Irónicamente, si no sé cómo solicitarle a la IA lo que necesito (porque no sé convertir mis pensamientos en palabras y oraciones claras y precisas), ¿cómo será el producto resultante que nos entregue una IA?
La fascinación por los resultados y la rapidez que plantea el uso de la IA debe ir acompañado de un constante proceso educativo y de reflexión, a todo nivel. ¿Para qué queremos utilizar la IA? ¿Para quiénes tiene mayor utilidad? ¿Es una herramienta necesaria para todos los ámbitos de la actividad humana? ¿Cuáles son sus ventajas y desventajas a corto, mediano y largo plazo, en particular en las nuevas generaciones que crecerán y se formarán con su uso? ¿La consideramos una herramienta, un facilitador o un sustituto de nuestros procesos de pensamiento, de lenguaje y de creación de imágenes? ¿Los resultados de la IA en la solución de problemas o tareas compensan el altísimo costo ambiental que acarrea su utilización?
Resulta inevitable la integración de la IA a nuestras vidas. Pelear contra ella o negarse a conocerla sería inútil y absurdo. Lo que sí podemos hacer de manera consciente es evitar convertirnos en dependientes automatizados de las tecnologías modernas y aprender a utilizarlas como apoyo para nuestro propio desarrollo, porque de nada nos servirá tener máquinas y herramientas perfectas si con ello sólo estamos creando humanos más tontos.
(Publicado domingo 8 de febrero, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Toma de pantalla, mostrando la insistencia por el uso de la IA).
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