A inicios de este año comencé a leer un libro llamado El uso de la foto, escrito por Annie Ernaux (Premio Nobel de Literatura 2022) y Marc Marie (escritor y periodista francés). El libro fue publicado por la editorial Gallimard, de París, en 2005. Su traducción a nuestro idioma apareció en 2018, en la editorial española Cabaret Voltaire.
La premisa del libro me pareció sugerente. En la introducción, Ernaux cuenta que, desde el comienzo de su relación afectiva con Marc Marie, le llamó la atención ver los restos de comida o la ropa tirada en el suelo, a la mañana siguiente de sus encuentros. A ella le parecieron pequeños paisajes, una especie de naturalezas muertas que le daba tristeza deshacer. Esos montones de ropa, los trastes, la manera en que la luz iluminaba la habitación, todo parecía contar una pequeña historia. Se le ocurrió empezar a fotografiarlos para que quedara un registro de aquellos escenarios. Marie estuvo de acuerdo.
Ernaux tomó algunas de las fotos, pero debido a su poca experiencia, él hizo la mayoría. Para las tomas usaron cámaras Samsung, Minolta y Olympus, todas de rollo. Luego hicieron una selección y cada uno escribió un texto que describe no sólo la escena de la ropa o los muebles sino, sobre todo, la “escena emocional”, las evocaciones y reflexiones a partir de esas imágenes.
Así se conforma este libro que incluye catorce fotos con los mencionados textos, una especie de diario íntimo compartido, de encuentros, mañanas del día siguiente y otros recuerdos, entre ellos, el del cáncer de seno por el que atravesaba Ernaux justo al inicio de su relación con Marie.
La propuesta literaria de Ernaux es interesante, sobre todo por el tratamiento de episodios de su vida que, más allá del retrato personal, apelan a la memoria colectiva con la cual nos podemos identificar. En este libro, el uso y la inclusión de las fotos es un elemento visual que se incorpora a la narrativa literaria y que provoca reflexión, no sólo sobre el contenido de las imágenes y la prosa sino, también, sobre las múltiples posibilidades que ofrece la fotografía como herramienta.
Hoy en día, prácticamente cualquier persona tiene acceso a una cámara, gracias a los teléfonos celulares. Gran parte de nuestra comunicación cotidiana se desarrolla a través de imágenes, de fotos que tomamos y que quieren mostrar algo: un momento de nuestras vidas, personas, algo curioso, cosas que vemos y que queremos atrapar para luego poderlo compartir. Tener siempre una cámara a mano también se ha convertido en una herramienta de denuncia y de información ciudadana, para bien o para mal. Lo cierto es que las fotos mueven mucho de nuestra interacción a través de redes sociales. Tomarlas de manera cotidiana, sin pensarlo, de forma automática, es quizás una acción que deberíamos realizar de manera un poco más consciente.
Antes de la masificación del teléfono celular, la fotografía era un arte, un oficio o un hobby, algo ejecutado en ocasiones puntuales. Algunos dirán que era una afición privilegiada ya que se necesitaba de cámaras y otro equipo, así como de servicios especializados para el revelado. Todo eso implicaba una inversión económica. Además, los rollos tenían tomas contadas y no se podía o no se quería desperdiciar ninguna foto que saliera desenfocada o con encuadres no dignos de conservar. Se pensaba bien la imagen antes de apretar el disparador.
La aparición de las cámaras digitales y las incluidas en los celulares, ha moderado esa tensión. Es decir, no hay que preocuparse por desperdiciar rollo. Eso mismo ha provocado que las posibilidades de la fotografía se diluyan, porque a la facilidad del almacenamiento digital se agrega la reacción condicionada del “me gusta”. Pareciera que hoy en día se toman fotos más para complacer a propios y extraños, que para transmitir algo que se quiere decir a nivel personal.
Pensemos en esos álbumes que están en casa de nuestros mayores, amarillándose y guardando polvo. Ahí, en medio de esas fotos impresas que el tiempo va decolorando y dañando, hay información que trasciende al grupo familiar. Cómo se celebraban las bodas, los bautizos, los cumpleaños, las graduaciones; la evolución de la ropa y de los peinados; los rincones de nuestras ciudades y pueblos que se han transformado o que han desaparecido; los espacios naturales, como playas y montañas, con su belleza original, antes de que fueran depredados por el comercio y el turismo; las comidas y bebidas que se servían en los eventos sociales; las excursiones de colegio o las fiestas de pueblo, etc.
Nunca falta quien se burla de esos álbumes, que se consideren aburridos porque no son “estetic” o instagrameables. Pero en dichas imágenes hay cúmulos de información que, aunque pertenecen al ámbito privado, nutren y forman parte de la vivencia colectiva de un tiempo y de un lugar.
Además de su función documental, de capturar el tiempo y las costumbres de sus habitantes, habría que pensar en la fotografía como una herramienta que nos obliga a estar más presentes. Fuera de la foto casual, la pensada para exhibirse, está la que se toma con intención de contar una historia, de mostrar, de transmitir algo que nos llama la atención, que consideramos curioso o urgente de registrar. Lo grotesco, lo contrastante, lo no armónico, las texturas y las formas caprichosas que sugieren la luz y las sombras, también es parte de una representación de la realidad. Tampoco hay que subestimar su función lúdica, la capacidad de captar el humor, el ridículo y el sinsentido a través de imágenes casuales o premeditadas.
La fotografía entrena nuestro ojo y nos enseña a ver los objetos y lugares de maneras que no hicimos antes. Lo cotidiano, lo obviado por la rutina nos descubre pequeños cuadros, detalles, la estética de la subvalorada cotidianidad de los objetos y espacios privados, como lo hace el libro de Ernaux.
Quien toma una foto también tiene intención de contar, de mostrar. En ese sentido, siento que la fotografía tiene relación con la escritura, aunque las manifestaciones expresivas de ambas utilicen lenguajes diferentes. La imagen también puede contar historias y también necesita de otra persona, del observador, para completar esa narración, así como una novela o un cuento, construidas con palabras, necesitan de un lector para completar su círculo creativo.
El ojo de quien mira quiere compartir algo que bien puede explicarse en palabras, pero cuya reproducción nunca será tan exacta como la lograda mediante una imagen. Si leyéramos el libro de Ernaux sin las fotos, ¿visualizaríamos las mismas escenas y objetos? Posiblemente no.
El fácil acceso a las cámaras obliga a una revalorización de la fotografía, en particular ahora que estamos ante la inevitable masificación de la inteligencia artificial, en que cualquiera será capaz de producir imágenes, no como resultado de su observación o roce con la realidad, sino por saber definir un comando generativo que producirá una imagen que canibaliza el archivo fotográfico de la humanidad.
Sería interesante detenernos a reflexionar sobre lo que fotografiamos, por qué lo hacemos y las funciones varias que ejerce la imagen. Porque la fotografía no sólo es una herramienta de comunicación moderna, sino también una técnica personal para atrapar el tiempo, construir memoria y documentar nuestras vidas.
(Publicada domingo 25 de enero, 2026, sección de opinión La Prensa Gráfica. Foto de Annie Ernaux y Marc Marie, incluida en el libro).
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