Columna de opinión, Cultura
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Caminata por la paz

El 2 de enero de este año vi una foto que me llamó la atención: un perro caminando al frente de una fila de monjes budistas. De inmediato busqué información al respecto y descubrí la historia de una iniciativa llamada “Caminata por la Paz” (Walk for Peace, en inglés).

El pasado mes de octubre, un grupo de monjes budistas salieron del centro Vipassana Bhavana de la ciudad de Fort Worth, Texas, hacia la ciudad de Washington, D.C. El recorrido, de poco más de 3.700 kilómetros, concluirá en el mes de febrero y es parte de una serie de caminatas que se desarrollan, desde hace diez años, en varios lugares del mundo.

La primera fue la llamada Ruta Asiática. Los monjes caminaron entre el 2016 y el 2019, de Tailandia hasta Turquía, cruzando siete países, en un recorrido de casi trece mil kilómetros. Mientras los monjes cruzaban la India, notaron que un perro callejero los seguía. Desaparecía en algunos tramos, pero luego volvía a aparecer, como si conociera atajos para adelantárseles. También notaron algo particular: una mancha blanca en forma de corazón en la frente del animal.

Un día, el perro fue golpeado por un vehículo y estuvo al borde de la muerte. Para los monjes, esa fue la señal para adoptarlo. Desde entonces, el perro los acompaña. Fue bautizado como Aloka, que significa “luz” en la lengua india Pali.

Los monjes han realizado varias caminatas. Anduvieron de Turquía a Francia, cruzando diez países, en el 2020. En el 2019, comenzaron a hacerlas en Estados Unidos, recorriendo la famosa Ruta 66, de California a Nueva York. Realizaron una de Melbourne Beach a Clearwater Beach, en Florida y otra, de Key West a las Cataratas del Niágara, en Nueva York, en el 2024-2025.

 Los caminantes llevan consigo lo apenas indispensable. Comen una vez al día y duermen debajo de los árboles o en acomodaciones sencillas. Algunos realizan el recorrido sin zapatos o con calcetas gruesas. Caminan en silencio, meditando. Los hay de varias edades y un par de ellos deben ayudarse con bastones.

Un incidente ocurrido en Houston, Texas, puso en peligro la continuidad de la marcha. Durante su paso por la ciudad, dos de los monjes participantes fueron golpeados en un accidente de tránsito. A uno de ellos se le tuvo que amputar una pierna. Después de algunos días de pausa para acompañar la recuperación de los accidentados, los demás decidieron que debían continuar.

Aloka camina con ellos, incansable. A veces los monjes lo quieren ayudar, colocándolo en un vehículo, para que no se agote, pero el perro comienza a aullar y a ladrar desesperado porque quiere andar con ellos. La determinación del perro es un estímulo para que el grupo continúe adelante.

La iniciativa cuenta con redes sociales donde la gente puede conocer el mapa de su trayecto y su posición actual. Cuando llegan a una población, hay gente esperándolos, ofreciéndoles agua, flores y alimentos. En los lugares donde pernoctan, se realizan reuniones donde se hacen oraciones y meditaciones. En dichas sesiones, el Venerable Bhikku Pannakara, líder del grupo, aclara que la caminata no es una forma de protesta y que su objetivo es “despertar la paz que ya existe dentro de cada uno de nosotros”. En el comunicado de prensa que anunció esta iniciativa, también se subraya que “la paz no es un destino. Es una práctica”.

 Uno de los momentos más emotivos del trayecto fue cuando los monjes cruzaron el puente Edmund Pettus, en la ciudad de Selma, Alabama. En dicho lugar, en marzo de 1965, 600 afroamericanos que protestaban pacíficamente por el derecho al voto de las personas negras fueron atacados con bastones y gases lacrimógenos por la policía local. La inclusión de este puente en la ruta reitera que el impacto de la lucha por los derechos civiles continúa vivo en la memoria colectiva sesenta años después de aquel evento, que llegó a ser conocido como “Domingo Sangriento”.

La Caminata por la Paz es una acción excepcional. Cuando los monjes salen de sus monasterios a realizar una manifestación pública de esta magnitud, es una señal de alarma moral que trasciende cualquier religión o inclinación política, ya que sólo se realiza en momentos de gran conmoción social.

En los años 90, el monje Maha Ghosananda, de la orden Theravada de Camboya, caminó a través de zonas de conflicto y caminos minados, organizando la caminata anual Dhammayietra, que significa “peregrinaje de la verdad”. Era una manera de hacer conciencia en las pequeñas poblaciones donde todavía regía el miedo, luego del genocidio perpetrado por el Khmer Rouge. Su lema era “la paz se construye paso a paso”.

En los años 60 y 70, el maestro Zen vietnamita Thich Nhat Hanh organizó caminatas silenciosas, con el objetivo de romper los ciclos de odio y polarización causados por la guerra de Vietnam. Consideraba el caminar como una forma de meditación. Su lema: “Camina como si estuvieras besando la tierra con tus pies”.

Los monjes budistas japoneses de la orden Mipponzan Myohoji han realizado caminatas desde los años 50, tocando tambores y cantando mantras a favor del desarme nuclear y de la no violencia. Dicha iniciativa surgió luego de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.

Me siento en la obligación de mencionar también al monje budista vietnamita Thích Quảng Đức, aunque su acción no consistió en caminar. Quảng Đức se inmoló en un concurrido cruce de calles en la ciudad de Saigón, el 11 de junio de 1963. Fue su manera de protestar contra la persecución que sufrían los monjes budistas por parte del entonces dictador Ngô Đình Diệm. Su sacrificio fue respaldado por los monjes de su congregación, quienes estuvieron presentes durante la auto inmolación. Las fotografías de dicho evento, tomadas por el periodista Malcolm Browne, son ampliamente conocidas.

Para algunas personas, este tipo de acciones podrán parecer gestos simbólicos que no promueven cambios profundos ni solucionan conflicto alguno. Diecinueve monjes budistas y un perro que caminan por los Estados Unidos no van a cambiar a la humanidad ni van a lograr la paz mundial, dirán los burlones. Hay que comprender que no se trata de eso. Los problemas no pueden solucionarse con una acción o una palabra, ni mucho menos con esos discursos absolutistas y grandilocuentes que aseguran ser “el más grande, el mejor, el único” de todo el mundo y sus alrededores.

Pensar y hablar de paz, reflexionar sobre lo que ello significa para nuestras vidas y nuestros pueblos, es algo vital en estos tiempos que auguran más conflictos, donde los límites jurídicos y morales ya no son respetados. La paz no es solamente ausencia de conflicto. También es compasión y responsabilidad compartida, un proceso que se construye día a día, con acciones, palabras y decisiones conscientes que nos llevan hacia ese propósito.

En la madrugada del día siguiente en que leí sobre estas caminatas, vi las fotos de Caracas siendo atacada por los Estados Unidos, una acción que nos hace recordar guerras y doctrinas políticas que, ingenuamente, creíamos superadas. “El cielo encapotado anuncia tempestad”, cantaban los soldados liberales venezolanos en 1859, antes de ir a la batalla.

Pensé en los monjes, en su gesto silencioso, en Aloka acompañándolos. Y deseé que esos sacrificios de silencio y meditación tengan la fuerza para realizar el milagro de la paz que tanto nos urge en el mundo.

(Publicada domingo 11 de enero, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto: Aloka y el grupo de monjes de la Caminata por la Paz. Tomada de su Facebook oficial).


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