Columna de opinión, Libros

El retrato de una mente

¿Qué es lo que define una biblioteca personal? ¿Es una acumulación improvisada de libros o una selección curada con intención? ¿Qué podemos aprender sobre la personalidad de sus dueños revisando los títulos de su biblioteca? ¿Descubriríamos algo sorprendente de ellos o se nos revelarían algunos de sus secretos?

Me hice algunas de estas preguntas luego de ver Umberto Eco: La biblioteca del mundo (2022). El documental, dirigido por Davide Ferreiro, nos lleva a conocer la impresionante colección de aproximadamente 55.000 libros que Eco mantenía entre su casa de Milán y su casa de campo de Monte Cerignone, cerca de Rímini, Italia. (El film completo está disponible en YouTube, si tiene curiosidad de verlo).

Dicha biblioteca consta de una gran cantidad de títulos, que fueron comprados o recibidos como obsequio a lo largo de su vida, pero incluye también una colección de libros antiguos (“apenas” 1.200). Eco pudo darse el lujo de irlos comprando a partir del aumento en sus ingresos económicos, luego del triunfo de sus propias novelas, en particular El nombre de la rosa.

Para cualquier bibliófilo, resulta un auténtico placer ver a Eco desplazándose por largos corredores forrados con estantes llenos de libros, para luego entrar en un salón, repleto de anaqueles y mesas con pilas de más libros encima. Lo curioso es que, para Eco, los ejemplares sin leer (de los cuales tenía, literalmente, miles) eran para él más importantes que los ya leídos. Esos textos representaban todo el conocimiento y las lecturas que todavía le faltaba por conocer, una metáfora de la extensión del saber humano que resulta inabarcable para una sola persona.

A propósito de bibliotecas de escritores, encontré también en YouTube una serie de videos elaborados por el periódico El País, llamada “En la biblioteca de”. Diversos escritores nos muestran sus colecciones y nos hablan de sus libros más preciados, así como de sus consideraciones sobre la lectura y su relación con algunos de sus títulos. Me llamó la atención una anécdota contada por el escritor mexicano Juan Villoro.

En algún momento de su vida, su padre quiso regalar su colección personal a sus hijos y les dijo que podían llevarse los ejemplares que quisieran. Los hermanos Villoro se sorprendieron mucho del ofrecimiento, pero ninguno quiso abusar llevándose demasiado porque, según Juan, “el chiste era que esa biblioteca, que de alguna manera reflejaba el retrato de una mente, se mantuviera unida”. Así es que cuando el padre se mudó a Morelia, no tuvo más remedio que llevársela completa en un camión de mudanza.

Ese concepto, de que una biblioteca es el retrato de la mente de su dueño, me pareció interesante. También me lo pareció el hecho de pensar en ella como en una unidad que no debe desmembrarse, porque conforma un conjunto cuyo sentido puede ser descifrado al analizar sus diferentes componentes.

Quizás, cuando comenzamos a comprar libros, no tenemos una idea clara sobre lo que estamos construyendo. Nada más vamos juntándolos. En algunos casos, acumulamos títulos de acuerdo a nuestros oficios, nuestros intereses de lectura y también, a nuestra capacidad económica. En países como el nuestro, puede ser que nuestras bibliotecas reflejen también un gasto impulsivo. Ya sabemos que, en nuestras escasas librerías, libro que vemos y que nos gusta hay que comprarlo de inmediato (si se tiene la posibilidad), porque lo más seguro es que no lo volvamos a ver de nuevo a la venta.

Con el tiempo y con el aumento de nuestras lecturas, aprendemos a ser algo más selectivos a la hora de comprar. Creo que es allí cuando comienza a formarse en verdad nuestra biblioteca personal, cuando aprendemos a valorar el contenido de lo que leemos, cuando pensamos en adquirir libros sobre ciertos temas, géneros, editoriales o autores. Vamos buscando títulos que tienen un sentido intelectual y un valor emocional para nosotros. Con ellos vamos conformando nuestro canon individual, uno que refleja nuestros intereses, pasiones y descubrimientos.

Más allá de eso, los libros que mantenemos en nuestras bibliotecas reflejan también otras cosas. Algunos ejemplares están asociados a la persona que nos lo regaló o al lugar y al momento en el cual lo compramos. Pueda que el texto no nos haya gustado o que la edición sea de escaso valor, pero si hojear sus páginas o ver su portada nos remite a un momento agradable de nuestro pasado o a una persona a la que queremos mucho, conservarlo es también una forma de almacenar un recuerdo. Esos detalles pueden pasar desapercibidos ante alguien que revise estanterías ajenas.

Si además de lector se es escritor, los libros representan también su material de trabajo. La colección de Julio Cortázar, que está al cuidado de la Fundación Juan March en Madrid, alberga volúmenes que contienen subrayados, dedicatorias, líneas verticales juntos a los párrafos que quería destacar, notas manuscritas a pie de página, índices temáticos y hasta dibujos. Sus libros también servían para guardar objetos y mensajes entre sus páginas.

Que las bibliotecas reflejan a sus dueños también aplica a otro tipo de personas, como los dictadores. En Los libros del gran dictador de Timothy W. Ryback, se nos ofrece un esbozo de los títulos y hábitos de lectura de Adolfo Hitler. El número de los ejemplares que poseía iba variando año con año y de lugar en lugar. Dicha colección fue destruida y dispersada después de la Segunda Guerra Mundial. Mil doscientos libros se encuentran actualmente en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y alrededor de diez mil fueron enviados a Moscú, en 1945. Hitler nunca inventarió su colección, pero el ex corresponsal de United Press, Frederick Oechsner calculó que contaba con unos 16.300 títulos. La mayor parte de ellos tenían que ver con temas históricos y militares, en particular las campañas de Napoleón Bonaparte. También tenía una vasta colección de publicaciones sobre arquitectura, teatro, pintura, escultura, ficción, así como temas religiosos y esotéricos.

Al momento de su muerte en 1953, la biblioteca de José Stalin constaba con 25.000 ejemplares, publicaciones periódicas y revistas, con intereses similares a los de Hitler. Stalin apreciaba tanto sus libros que contrató a un bibliotecario, inventó su propio sistema de clasificación y convirtió la pieza central de su dacha (casa de campo) en una gran sala-biblioteca. El libro Stalin’s Library. A Dictator and His Books de Geoffrey Roberts, analiza en detalle sus títulos y sus hábitos lectores.

En el 2006, peritos judiciales que investigaban a Augusto Pinochet, valoraron su biblioteca de 55.000 volúmenes en 2.560.000 dólares. Esta incluía piezas únicas de primeras ediciones, libros autografiados y un patrimonio bibliográfico que debió estar (pero nunca llegó), en la Biblioteca Nacional de Chile. Al igual que Hitler, tenía fijación con Napoleón, pero también tenía gran cantidad de libros marxistas, posiblemente para conocer mejor a sus enemigos. El periodista chileno Juan Cristóbal Peña explora los detalles de sus gustos y los títulos que guardaba, en su libro La secreta vida literaria de Augusto Pinochet.

No cabe duda que las bibliotecas encierran un factor identitario. Los gustos, las obsesiones, las etapas de vida, las aficiones, la necesidad de conocimiento y las curiosidades diversas de un ser humano están reflejadas en esa multitud de ejemplares en papel y también los libros digitales y hasta audiolibros.

No debe causar sorpresa que, para sus dueños, la biblioteca que vamos juntado con los años, termina convertida, no sólo en una posesión valiosa sino, sobre todo, en una especie de testimonio de nuestra vida y quehaceres.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 21 de septiembre, 2025. Foto  de uno de mis libreros).


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