El 1 de julio de 1925, a las 8 de la noche, fallecía el compositor francés Erik Satie, de 59 años, en el hospital Saint-Joseph, en las afueras de París. Satie había estado ingresado desde hacía cinco meses antes a causa de una cirrosis de hígado y de pleuresía, resultado de décadas de fuerte consumo de alcohol. Su entierro tuvo lugar el 6 de julio en el cementerio de Arcueil, donde aún descansan sus restos.
Después del funeral, su hermano Conrad, junto con tres amigos, se dirigieron al lugar donde el difunto había vivido desde 1898. Era un departamento de dos cuartos en el segundo piso de un edificio situado en el no. 22 de la rue Cauchy de Arcueil (Val-de-Marne), pequeña comuna a diez kilómetros de París. Valga decir que Erik Satie no permitía que nadie lo visitara. Nadie, ni siquiera su hermano, con quien tenía una relación bastante cercana, habían entrado jamás a aquel apartamento. Por ello, cuando acudieron para disponer de sus pertenencias y desalojar el inmueble, la sorpresa de lo que encontraron fue mayúscula.
Lo primero que les llamó la atención fue el miserable aspecto del lugar. Satie sufría de un afán acumulador que le impedía deshacerse de nada. Los amigos tuvieron que sacar dos carretadas de basura, antes de encontrar lo verdaderamente valioso. Había dos pianos desafinados con los pedales amarrados, uno encaramado encima del otro, hecho que llevó a concluir que Satie componía sus piezas sin utilizar ningún instrumento. Debajo de las tapas de los pianos había cientos de papeles de todo tamaño, donde estaban escritas composiciones musicales, muchas de las cuales permanecían inéditas. También había pañuelos, dibujos y anotaciones guardados en los bolsillos de los trajes, cartas y paquetes postales sin abrir, periódicos apilados en columnas y cajas de puros que guardaban tarjetitas con dibujos y descripciones de máquinas voladoras y seres fantásticos que habitaban los mundos imaginarios de la mente de Satie.
Fueron encontrados, además, alrededor de cien paraguas, siete trajes idénticos, de terciopelo gris, e igual número de sombreros. Estas últimas prendas eran una especie de uniforme para Satie, ya que siempre se vestía igual. Eso lo hacía fácilmente identificable a la distancia. Siempre salía con un paraguas, sin importar el clima. Otros objetos que portaba consigo eran un martillo, metido en un bolsillo interior de su abrigo, y que sería usado si tenía necesidad de defenderse, así como un pequeño cuaderno de solfeo, donde anotaba todas sus ocurrencias musicales, incluidas instrucciones para los músicos que fueran a ejecutar sus piezas y otras cosas que le pasaran por la cabeza.
Satie solía caminar la distancia entre su “armario” (como llamaba a su vivienda) y los cabarets de Montmartre, entre ellos el célebre Le Chat Noir, donde tocaba para ganarse la vida. Los niños, al verlo pasar siempre vestido igual, lo bautizaron como “le gentilhomme de velours”, el caballero de terciopelo. Varios de sus amigos concluyeron que eran esas larguísimas caminatas las que le dieron el espacio mental y las ideas para crear muchas de sus composiciones. Pero quien sabe.
Años antes, en 1888, cuando tenía apenas 22 años, compuso las piezas para piano conocidas como Gnossiennes y Gymnopédies, temas que lo hicieron famoso y que son muy utilizadas en bandas sonoras de películas u otro tipo de obras hasta el día de hoy. Las piezas fueron consideradas altamente experimentales para su tiempo, por su forma, su ritmo y su estructura, al punto que no se supo bien cómo clasificarlas. Algunos las denominaron “danzas”, pero Satie se empeñó en que las palabras para nombrarlas eran lo que él consideraba un nuevo género musical y no un título de las piezas.
Desde la manera de escribir su nombre (Erik, con k al final), hasta el detalle del paraguas, Satie era un personaje único, considerado un excéntrico por muchos. Aparte de su manía de acumulador, en alguno de sus escritos afirmó llevar una dieta donde sólo comía alimentos de color blanco: claras de huevo, azúcar, grasa animal, ternera, sal, coco, pollo hervido, arroz, cierto tipo de salchichas, repostería y quesos, además de vino blanco.
Pero además de excéntrico, Satie fue definido como un tipo arrogante, susceptible, irascible, una especie de “niño triste” que sólo se mostraba algo optimista cuando estaba bajo los efectos del alcohol, según aseguró el pintor Francis Picabia. Era lo que se llama “un ladrillo seco”, porque a pesar de las cantidades y las mezclas de licores que tomaba, nunca perdía la compostura. Sus bebidas de preferencia: ajenjo, vino y, años después, cerveza mezclada con cognac.
Sus relaciones con otras personas siempre fueron complicadas. Fue amigo de Georges Auric, Claude Debussy y Maurice Ravel, entre otros famosos de su tiempo, pero luego se enemistó con ellos. Fue también muy amigo de varios artistas del dadaísmo y del surrealismo, como Tristán Tzara, Jean Cocteau y Pablo Picasso, con quienes colaboró en algunas puestas en escena diseñando lo que llamó “musique d’ameublement”, música de mobiliario, que es lo que hoy llamamos “música de fondo”.
La única relación amorosa que se le conoció fue con la pintora impresionista Suzanne Valadon. Después de la primera noche que pasaron juntos, Satie le propuso matrimonio. Eso ocurrió, según sus escritos, el 14 de enero de 1893. Ella no aceptó, pero se mudó a un cuarto que estaba junto al de Satie, en la rue Cortot, cerca de la iglesia de Sacre-Couer, en Montmartre. El músico se obsesionó tanto con ella, que compuso sus Danses gothiques como una manera de serenarse a sí mismo. Valadon pintó un retrato de él y se lo obsequió. Pero después de cinco meses de relación, el sábado 17 de junio, todo terminó. Ella se mudó lejos y él quedó devastado.
Durante sus últimos meses de vida en el hospital, algunos fieles amigos, como Jean Cocteau, Darius Milhaud, Georges Braque y el joven compositor Robert Caby, así como su hermano Conrad, lo asistieron y acompañaron hasta el final.
Como parte de las conmemoraciones del centenario de su muerte, la BBC de Londres estrenó este año 27 piezas inéditas de Erik Satie, las cuales serán editadas en un disco titulado Satie: Discoveries. Estas piezas incluyen canciones de cabaret y nocturnos minimalistas que fueron reconstruidas por James Nye, musicólogo y compositor británico, y Sato Matsui, compositor y violinista japonés, quienes rastrearon el material perdido en varias colecciones de archivo, incluida la Biblioteca Nacional de Francia.
Algunos de los escritos y dibujos de Erik Satie están recopilados en Memorias de un amnésico y Cuadernos de un mamífero, títulos con los que publicó algunos textos en revistas literarias de vanguardia, en el París de los años veinte. Dichos textos incluyen crítica musical e instrucciones para los músicos al tocar sus piezas. Son escritos breves, lúdicos, irreverentes que, quizás, reflejan una suerte de diálogo interior interminable que tenía Satie consigo mismo y, para lo cual, cargaba siempre consigo aquellos cuadernitos de música en su abrigo, con los que caminaba kilómetros de ida y vuelta entre París y el refugio de su armario en Arcueil.
Cien años después de su muerte, muchos artistas y críticos reconocen el carácter innovador de sus creaciones musicales. Se le considera un precursor de géneros como el jazz, un hombre con una actitud punk, décadas antes de que el punk existiera formalmente como movimiento cultural. Un innovador solitario empeñado en seguir su instinto creativo, cuya música nos seguirá fascinando durante años por venir.
(Publicada domingo 24 de agosto de 2025, sección de opinión, La Prensa Gráfica. Foto: Claude Debussy (izq.) y Erik Satie (der.), en la casa de Debussy. Foto tomada por Igor Stravinsky en junio de 1910).
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