La escritora argentina María Moreno suele contar la siguiente anécdota sobre Daniel Defoe. El autor inglés caminaba un día por las calles de Londres cuando una mujer lo reconoció. Se le acercó emocionada a saludarlo y a manifestarle todo su apoyo, ya que le parecía horrible lo que había tenido que vivir en la isla de su naufragio.
La mujer se refería al argumento de la novela más conocida de Defoe, Robinson Crusoe, en que el personaje central naufraga y queda varado durante 28 años en una isla abandonada. Ahí tendrá que ingeniárselas para sobrevivir, mientras se enfrenta a diverso tipo de peligros, entre ellos, una tribu de caníbales.
El título extendido de la novela dice que fue escrita por Robinson Crusoe mismo, lo cual contribuye a crear la ilusión de que los eventos ocurrieron en realidad. Además, está escrita en primera persona, un recurso estilístico ocupado con frecuencia por numerosos autores, sobre todo cuando desean dar un toque de realismo a sus historias. Dicha técnica también es utilizada para poder indagar en los pensamientos y las emociones que pueden permanecer ocultos al resto de los personajes, pero que permiten al lector conocer al narrador de manera más profunda y realista.
El comentario que la mujer le hizo a Defoe es un gran ejemplo de lo que llamo “vicios de lectura”, es decir, una serie de suposiciones que los lectores asumen en cuanto a la escritura literaria. Una de esas suposiciones, y quizás la más común, es asumir que los libros casi siempre cuentan historias que le han ocurrido a su autor. Digo “casi siempre”, porque sería absurdo pensar que historias evidentemente fantásticas, de terror o ciencia ficción, fueron reales. Habiendo dicho eso, sé de personas que piensan que lo narrado en El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien es una narración que está ubicada en un lugar y un período histórico verdaderos.
Podría decirse que pensar que novelas y cuentos son reales es un triunfo para los escritores, en el sentido de que la trama está contada con tal realismo y detalle que hace pensar que lo que se narra fue vivido en carne propia. A fin de cuentas, uno de los objetivos de la literatura es contar historias de manera que el lector se lo crea todo.
Eso constituye parte del pacto entre el lector y el escritor. Quien escribe una historia se esforzará por contarla de la mejor manera posible y el lector, sabiendo que es ficción, se tragará el cuento (o la novela, valga la expresión) como si fueran verdaderos. Por supuesto que hay excepciones.
A veces se advierte que una historia está basada en hechos reales o se recurre al juego de que el personaje principal o el narrador en primera persona tienen el mismo nombre que el escritor. Este recurso de jugar con la percepción de lo real y lo ficticio es muy usado en la literatura contemporánea y, cuando está bien desarrollado, deja una impresión duradera en quien lee. Nos hacemos preguntas o buscamos información para corroborar algunas referencias o eventos leídos porque como lectores nos queda la duda sobre la línea que divide lo real de lo inventado.
También hay que considerar que una historia, por muy imaginaria que sea, se alimenta de la realidad y del contexto del escritor. Este quizás vio un accidente de tránsito en días recientes o supo de la enfermedad de un conocido y, cuando se sienta a escribir incluye referencias de esos eventos en la trama porque complementan lo que va narrando.
Mucho de lo que los escritores utilizamos como material para construir el trasfondo y las características de los personajes tienen su origen en nuestras observaciones y reflexiones cotidianas. También pueden originarse en los estímulos que nos provocan el cine, la música y otros libros. Una imagen visual puede contener toda una historia, así como un olor o unas notas musicales pueden evocar un recuerdo de nuestras vidas, que luego incluimos en nuestras narraciones.
Lo mismo ocurre cuando decidimos escribir sobre algún evento real. Si no queremos escribir un testimonio o una crónica, géneros que nos obligan a apegarnos a elementos comprobables, podemos utilizar la imaginación para llenar los vacíos de información de ese evento. La realidad funciona como un material base que será alimentado y complementado con detalles y personajes imaginarios. Por ello, cuando leamos una historia que dice estar basada en eventos o personajes reales, es importante comprender que no necesariamente todo lo que se narra ocurrió tal cual se cuenta.
Estas observaciones pueden parecer innecesarios, pero la manera de leer e interpretar los textos por parte de los nuevos lectores está siendo afectada por el constante bombardeo de información, donde lo cierto y lo falso está enredado. Son frecuentes las quejas y comentarios de maestros, por ejemplo, que advierten sobre la falta de hábito lector en sus alumnos, lo cual además va amarrado a deficiencias de redacción, un problema que se extiende a los años universitarios e incluso a la vida profesional.
La lectura sustenta nuestra habilidad para construir pensamiento y lenguaje. También alimenta nuestra capacidad de redacción y de poder transmitir ideas a través de la palabra escrita, una habilidad que hoy en día, con la profusión de aplicaciones y redes sociales, se hace más que necesaria. Los libros nos ejercitan en ello a través de diferentes propuestas literarias, de ficción y de no ficción. Nos ejercitan también en la interpretación de lo simbólico, de la metáfora, de la sátira, de la comprensión y de la síntesis.
El juego literario nos hace recordar que no todo lo que se lee es verídico y que el escritor utiliza una mezcla de imaginación, exageración, experiencia y observaciones personales para poder construir la lógica de sus narraciones. Pero, independientemente de si la historia le ocurrió o no al escritor, lo trascendente deberá ser siempre la calidad de su escritura. Eso es lo que más nos debe importar.
(Publicado en la sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 25 de agosto, 2024. Ilustración de OpenClipart-Vectors en Pixabay).
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“Mucho de lo que los escritores utilizamos como material para construir el trasfondo y las características de los personajes tienen su origen en nuestras observaciones y reflexiones cotidianas. También pueden originarse en los estímulos que nos provocan el cine, la música y otros libros. Una imagen visual puede contener toda una historia, así como un olor o unas notas musicales pueden evocar un recuerdo de nuestras vidas, que luego incluimos en nuestras narraciones.”
Como con la Magdalena de Proust.
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Saludos, resulta que el sr periodiquero no me dejo el períodico el único día que lo compro y lme surgio al duda de si estaba en linea para leer su columna y descubrí su pagina, gracias por publicar, abrazos
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