Columna de opinión

Fascinación vampírica

¿Por qué nos fascinan tanto las historias de vampiros? ¿Cuántas variantes más de historias vampíricas pueden existir que no hayamos visto o leído con anterioridad?

Me hice esas preguntas luego de ver el tráiler de Nosferatu, película que será estrenada en diciembre de este año. La nueva propuesta está escrita, dirigida y producida por el director estadounidense Robert Eggers, quien en poco menos de diez años ha logrado crear un estilo especial en sus producciones. Sus películas La bruja (2015), El faro (2019) y El hombre del norte (2022) juegan con varios géneros como el terror, el terror psicológico, la fantasía y los mitos folklóricos.

El ambiente creado en sus películas a través de una paleta opaca de colores o del tratamiento del blanco y negro, sumado a actuaciones espectaculares y argumentos inquietantes, crea una gran expectativa sobre lo que podrá aportar a la historia del vampiro.

La primera película titulada Nosferatu apareció en 1922 y fue dirigida por F.W. Murnau. Esta película muda se convirtió en uno de los grandes clásicos del expresionismo alemán y se basó en la novela Drácula de Bram Stoker. La historia es prácticamente la misma, a excepción de que se cambiaron los nombres de los personajes y de que la acción transcurre en Alemania. Dichos cambios ocurrieron debido a que no obtuvieron la autorización de la viuda de Stoker para filmar la película.

En 1979, otro alemán, el director Werner Herzog, hizo su propia versión de Nosferatu, aunque ya para entonces los derechos sobre la novela de Stoker eran de dominio público. Esto permitió a Herzog utilizar los nombres originales de los personajes. Aunque la película ya no era muda y, además, estaba hecha a colores, estos eran tan mustios que contribuyeron para crear el ambiente de angustia que los personajes (interpretados por Isabelle Adjani y Bruno Ganz) sentían ante la presencia del grotesco vampiro, interpretado por un inquietante Klaus Kinski.

Esa representación fue más fiel a la versión de 1922, y totalmente contraria a las versiones del Drácula, representado como un caballero elegante, seductor y capaz de transformaciones inauditas. Célebres son las actuaciones de Bela Lugosi, en la película de 1931, dirigida por Tod Browning y Karl Freund, así como la de Gary Oldman, en la versión de 1992, dirigida por Francis Ford Coppola. El Drácula de Oldman y Coppola combinó ambos elementos: el del caballero seductor y el monstruo grotesco, permitiéndonos conocer una versión multifacética del célebre villano.

El vampiro es un personaje muy frecuente en antiguos mitos y tradiciones folklóricas. Cuesta mucho definir cuál fue su origen, pero su figura se encuentra en varias historias del antiguo Egipto y Sumeria, las culturas indoamericanas, africanas, mesopotámicas y chinas, y sobre todo, en varias leyendas del este de Europa, particularmente en Rumanía, Bulgaria y Polonia.

Todas estas culturas coincidieron en definir las características que servían para identificarlos y destruirlos. Así mismo, realizaban diversas prácticas para evitar que los muertos fueran transformados en no vivientes. Una de las realizadas por los celtas, por ejemplo, era enterrar a los muertos cabeza abajo. En algunos lugares de Grecia, a los muertos se les sellaba la boca con una cruz de cera. Algunas culturas enterraban a las personas colocándoles ajo o limón en la boca.

En algunas excavaciones arqueológicas realizadas en Bulgaria o Polonia, se han encontrado cadáveres con estacas de hierro clavadas en el tórax, o decapitados y con el cráneo depositado entre las piernas, todo realizado con el afán de evitar que los muertos volvieran transformados en vampiros.

La figura del ser que necesita succionar sangre de otros seres vivos para garantizar su subsistencia, puede asociarse de manera simbólica, a diferentes aspectos psicológicos humanos. Dicha simbología es demasiado evidente y a veces se traslada así al campo del arte. Recordemos la película El conde (2023) de Pablo Larraín, donde el dictador Augusto Pinochet era retratado como un vampiro que continuaba vivo y sobrevolaba Chile, como una sombra que sigue acechando aquel país.

 El peso del símbolo del vampiro es tan profundo que ha penetrado la cultura de diferentes maneras. Son incontables las películas, libros y obras de arte que lo incluyen como personaje principal. Quizás se deba a sus características específicas que sirven como detonante para reflexionar sobre diferentes aspectos. La pulsión entre Eros y Tanatos; la seducción utilizada como recurso para impregnar de muerte a las víctimas; el peso de la inmortalidad y la consecuente soledad que acarrea la condición del no muerto; el paso del tiempo y la angustia de ser un testigo que sobrevive resignado al cansancio de la no vida, son algunos de los temas que escritores y directores de cine han utilizado en sus diferentes historias vampíricas.

Para quienes gustamos del género del horror, el vampiro es un personaje imprescindible. Es mi personaje favorito entre la diversa variedad de monstruos que diversos creadores han inventado para ilustrar las zonas oscuras del ser humano.

La necesidad humana de recurrir al género del horror para contar historias tiene raíces complejas en las que es interesante indagar. Las historias de vampiros, por ejemplo, nos conectan con los miedos atávicos de la humanidad. Y justamente ahí puede radicar el atractivo que tienen para nosotros los monstruos en general, y los vampiros en particular. Nuestro gusto por las historias de horror funciona como un recurso de proyección psicológica, una representación permanente de la lucha del bien contra el mal, donde nos damos el lujo de comprender y hasta sentir lástima por monstruos crueles y terroríficos que, por el contrario, no tendrían clemencia por nosotros. Dichas historias representan también la posibilidad de vencer al mal, de destruirlo de manera definitiva, algo que no resulta posible en la cotidianidad.

En tiempos en que el horror de la vida real parece superar la ficción, resulta curioso constatar que los vampiros perviven y gozan todavía de mucha popularidad. Son tan populares que, haciendo honor a su naturaleza, su inmortalidad está garantizada en el imaginario colectivo y continuaremos teniendo historias de vampiros, nuevas o recicladas, per saecula saeculorum.

(Publicada domingo 14 de julio, 2024, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Fotograma de Nosferatu, 1922, de F.W. Murnau).


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