Se está convirtiendo en costumbre. Cada tanto tiempo, alguna biblioteca escolar en los Estados Unidos recibe la orden de retirar numerosos libros por considerarlos “inapropiados” para los estudiantes.
Volvió a ocurrir hace quince días en el condado Collier, del estado de Florida. Casi cuatrocientas obras literarias fueron retiradas de las bibliotecas escolares con el pretexto de acatar la ley 1069 de la legislación estatal, que limita la educación sexual en menores de edad. El criterio para retirar los libros es no exponer a los menores de edad a contenido sexual explícito.
Varios de dichos títulos encajan dentro de la descripción de la ley para evitar que los menores tengan acceso a libros que muestren “conductas sexuales o de excitación sexual, que sean dañinas”. Sin embargo, examinando la lista de obras, dicho criterio parece ser una excusa para sacar también libros peligrosos en el sentido de cuestionar la realidad social o individual en la que vivimos.
Un mundo feliz de Aldous Huxley; Anna Karenina de Leon Tolstoi; El hombre invisible de Ralph Ellison; El hombre de la máscara de hierro de Alejandro Dumas; dieciséis libros de Stephen King (entre ellos Carrie e It); la saga Duna de Frank Herbert; tres libros del Premio Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway (entre ellos, Por quién doblan las campanas); y la trilogía Milenio de Stieg Larsson, son sólo algunos de los títulos retirados.
Las reacciones a este nuevo retiro de libros no se hicieron esperar. Stephen King, varios de cuyos libros ya han sido prohibidos en otras bibliotecas escolares, ni siquiera se mostró sorprendido. En su cuenta de X (antes Twitter), se dirigió directamente a los menores diciéndoles que si su escuela prohibía un libro, ellos deberían ir a comprarlo o prestarlo en la biblioteca pública y leerlo lo más pronto posible, para conocer el motivo de la prohibición.
Por su parte, la cantante estadounidense Pink, en colaboración con la organización PEN América, prometió que en sus próximos conciertos de este fin de semana en Florida regalará dos mil ejemplares de algunos de los títulos retirados. Pink, quien es una lectora voraz, piensa que prohibir estos títulos es un retroceso en la lucha contra el racismo y contra la discriminación hacia la comunidad LGBTQ+.
Para algunas personas, la existencia de dicha lista no hace más que despertar su curiosidad sobre esos libros, incitándolos a comprarlos o prestarlos en alguna librería pública, como sugiere Stephen King. En ese sentido, prohibir lecturas puede tener el efecto contrario al deseado. Esto ya ocurrió en el siglo pasado con la lista de libros prohibidos por el Vaticano que, sin embargo, podían ser comprados y leídos incluso en colegios católicos. Eso ocurrió con La náusea de Jean Paul Sartre, el libro emblema del existencialismo, considerado “nocivo” para la formación de las mentes adolescentes, por su ateísmo y por el marxismo declarado de su autor.
Pero también hay que preguntarse qué tipo de lecturas quedan aprobadas en las bibliotecas escolares y si realmente contribuyen a la formación de un buen bagaje cultural y literario.
Asignar lecturas en la edad escolar supone un acompañamiento pedagógico para explicar el valor literario de la obra, así como el contexto y los simbolismos que a veces están contenidos en los libros. No permitir el acceso a ciertos textos en la escuela implica también cerrar la posibilidad de discutirlos en un entorno que, se supone, debería ser de confianza y conocimiento. No contar con la orientación de maestros o incluso de los bibliotecarios, cierra una puerta de conversación intergeneracional.
Quienes tuvimos la fortuna de crecer en un hogar donde los libros estaban disponibles libremente y donde no se nos prohibió ningún tipo de lectura, pudimos consolidar un gusto permanente por los libros, gracias al ejercicio de leer sin censura. La curiosidad y el asombro que nos causa algún título al leer las páginas iniciales de un libro se repite siempre.
Cuando sus libros comenzaron a ser objeto de prohibición en algunas escuelas, Stephen King comentó en un artículo: “Quienes prohíben libros insisten en que toda una comunidad debe ver las cosas a su manera y sólo a su manera. Cuando un libro es prohibido, toda una forma de pensar queda bloqueada detrás de la afirmación de que sólo hay un conjunto válido de valores, de creencias, de que sólo hay una percepción válida del mundo. Es una noción aterradora, especialmente en una sociedad que se ha construido sobre las ideas de libre elección y libre pensamiento”.
Esto último que menciona King es justamente lo que causa inquietud sobre estas prohibiciones. El hecho de que incluso, a nivel de leyes estatales, se decida sobre los libros que los menores deben o no leer, obviando las consideraciones de valor literario, es algo que se relaciona más con los regímenes opresivos que con la libertad de pensamiento y expresión.
El estado de Florida acumula el 40 % de libros prohibidos a nivel estadounidense, el más alto de todo aquel país. Este tipo de leyes sienta además un precedente que incentiva a los sectores conservadores de los demás estados (e incluso otros países) para tomar medidas similares.
La lectura no es un hábito que puede imponerse sobre nadie. De hecho, las lecturas obligadas desaniman con facilidad a los menores y los alejan del amor a los libros. La lectura y el gusto de hacerlo es un proceso de auto descubrimiento, pero sobre todo, de enamoramiento, no sólo del objeto libro, sino de su contenido.
La posibilidad de leer ficción, no ficción, poesía, cómics o cualquier lectura que se nos antoje, contribuye a nuestra formación como lectores. Esto, a su vez, irá desarrollando nuestras preferencias, a medida que tengamos acceso a la mayor variedad de títulos posibles.
No sólo la escuela nos forma como lectores. También lo hace el entorno, la familia, los amigos. Pero más determinante para ello es, sin duda, el inexplicable ímpetu interno de reconocernos y encontrarnos en las palabras de otros en medio de las páginas de un libro.
(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica, domingo 19 de noviembre, 2023. Foto de portada: Rafael Juárez en Pixabay).
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Yo he rescatado libros de los vendedores de la calle y aun del reciclados, encontré una colección de obras clásicas griegas en Santa Tecla. Libros no son papel, son tesoros. Compren y salvemos de los fariseos que queman y solo adornan los BINAES, sin saber que hay que leer y aprender.
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Es increíble! Hace años quemaban libros en algunos paises y ahora veo que los retiran…. no es lo mismo, pero, en el caso de las escuelas ¿No sería mejor explecatlos y ayudar a los menores a entenderlos? Un abrazo!
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Para eso deberían servir las escuelas, para explicar las lecturas. Pero supongo que es más fácil sacar los libros, aunque eso es un arma de doble filo, ya que los menores siempre pueden acceder a ellos fuera de las escuelas. Ahí tendrán que ser los padres quienes deberán orientar a sus hijos sobre las lecturas. Gracias por comentar, saludos.
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¡Excelente! Abrazote.
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¡Gracias, saludos!
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