Columna de opinión, Escritores

Morir es un arte

La mañana del 11 de febrero de 1963, se levantó temprano. Aquel había sido uno de los inviernos londinenses más crudos y el frío sólo había servido para aumentar su depresión. Sus dos hijos dormían. Previendo que al levantarse tendrían hambre, fue hasta la cocina, sirvió un par de vasos con leche, preparó algo de pan con mantequilla y colocó los alimentos en el cuarto de los niños, sin hacer el menor ruido.

Luego fue por toallas, todas las que pudo encontrar, y las mojó. Con ellas tapó la ranura inferior de la puerta, para aislar totalmente el cuarto de los pequeños. Revisó por última vez la nota que dejó sobre una mesa, dirigida a Trevor Thomas, el vecino que vivía en el apartamento debajo del suyo. En la carta estaba anotado el nombre y el teléfono de su doctor.

Luego se encerró en la cocina, selló la puerta con más toallas (algunas versiones dicen que puso cinta adhesiva), encendió el gas y metió la cabeza en el horno. También se ha dicho que antes de eso, ella habría ingerido barbitúricos. El olor a gas alertó a los vecinos. Finalmente, cuando llegó la niñera, se derribó la puerta para encontrar a Sylvia Plath, muerta en su cocina. El informe del forense aseguró que su cabeza estaba metida “lo más adentro posible del horno”, lo cual hizo concluir que “la víctima tenía toda la intención de morir”.

A nadie pareció sorprenderle demasiado lo ocurrido. En octubre de 1996, en una entrevista concedida al periódico londinense The Guardian, su esposo, el también poeta Ted Hughes diría que: “era una situación complicada e inevitable, ya que ella (Sylvia) iba sobre ese rumbo desde hacía tiempo atrás”.

La vida y muerte de Sylvia Plath, de escasos 30 años, comenzó a ser analizada y estudiada con la misma minuciosidad con la que se estudiaría su corta pero intensa obra poética. Sus seguidores intentaron encontrar “culpables” por su crisis de vida que comenzaron desde muy temprana edad. Muchos mirarían a Ted Hughes como el villano de la historia.

Las depresiones y las visitas al “oscuro infierno de la mente humana”, como ella misma lo definiera, comenzaron alrededor de sus 20 años, con graves crisis de insomnio, depresiones esporádicas y pensamientos suicidas, según quedara registrado en las páginas de su diario. En una ocasión, su madre descubrió cicatrices extrañas en sus piernas. Al preguntarle qué era eso, Sylvia respondió que “quería saber si tenía el valor de hacerlo”, admitiendo que quería morir. Su madre la llevó de inmediato al psiquiatra. Luego de varias sesiones y de diagnosticársele una severa depresión, se le aplicó el tratamiento acostumbrado para dichos casos en aquellos tiempos: sesiones de electroshock.

Pero el radical tratamiento no le ayudó mucho y más bien empeoró su insomnio, llegando incluso a desarrollar resistencia a los somníferos. El 24 de agosto de 1953, Sylvia dejó una nota diciendo que salía a dar una larga caminata. En realidad, robó somníferos del botiquín, se escondió en un pequeño espacio del sótano de su casa y se tragó alrededor de 40 pastillas.

Su “desaparición” provocó una búsqueda entre familiares y amigos. Al día siguiente fue titular de varios periódicos. Su madre expresó su preocupación al encontrar el botiquín abierto pues sabía que Sylvia estaba deprimida porque no había podido escribir. Dos días después fue localizada cuando escucharon gemidos: la encontraron cubierta en su propio vómito y semi inconsciente en el escondite del sótano. Fue llevada de inmediato al hospital.

Pasó el resto del año tratándose con una psiquiatra, recibiendo más tratamientos de electroshock y pasando un tiempo internada en el Hospital McLean. En enero de 1954 fue dada de alta al confirmarse que su sempiterna depresión parecía haber cedido.

Sylvia se tiñó el pelo de rubio platinado para marcar el cambio en su vida. Un par de años después sería aceptada en Cambridge. Allí conoció a la persona que marcaría su vida, para bien o para mal: Ted Hughes.

A pesar de que Plath fuera advertida sobre el espíritu seductor de Hughes, la atracción entre ambos parecía incontenible. Contrajeron matrimonio en junio de 1956. La convivencia entre ambos fue compleja. Hubo períodos de mucha creatividad, viajes, un par de hijos, discusiones que llegaron en alguna ocasión a los golpes, sospechas, celos profesionales. Mientras Hughes lograba publicar su obra y merecía críticas favorables, la primera publicación de Plath, El Coloso, recibió críticas tibias.

En medio de un período muy intenso de escritura, donde Sylvia se levantaba de madrugada para poder escribir antes de que comenzara el ajetreo doméstico, descubrió el romance de Hughes con Assia Wevill, también poeta y casada. La separación de Sylvia y Ted fue dramática y desagradable. Hughes admitiría ante ella que no había querido tener hijos y que había deseado la separación desde hacía años porque la vida juntos le era insoportable.

El quiebre interior que eso supuso para Plath fue demasiado. Se negó a volver a los Estados Unidos para vivir con su madre, pues pensó que antes debía “reconstruirse a sí misma”. En Londres alquiló un apartamento donde había vivido W. B. Yeats, a quien ella admiraba.

A pesar de su depresión, de su insomnio, de su pésima situación económica y de una gripe rebelde, Sylvia pareció sobreponerse a toda esa tensión escribiendo muchos de sus mejores trabajos. De ese período surge “Lady Lazarus”, uno de sus más conocidos poemas y donde la invocación a la muerte es evidente.

Su única novela The Bell Jar (La campana de cristal), publicada en enero de 1963, fue bien recibida por la crítica. Sin embargo, eso no fue suficiente para salvarla del desasosiego interior. Cuatro meses después de la publicación, Sylvia Plath entró de cabeza en el oscuro horno de su muerte.

“Morir / es un arte, como todo. / Yo lo hago excepcionalmente bien”, escribió Plath en “Lady Lazarus”. Una especie de advertencia que todos pasaron por alto y que hizo inevitable el desenlace de Plath.

(Publicado en sección de opinión, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 5 de noviembre, 2023. Foto de portada: Sylvia Plath en Yorkshire. Fotógrafo no encontrado).


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1 comentario

  1. Pingback: Morir es un arte – TRAVESÍA

  2. Avatar de elrefugiodelasceta
    elrefugiodelasceta says

    Comparto pues tenemos un grupo de lectura y uno de los libros es de Sylvia Plath. Gracias

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