Quienes convivimos con animales domésticos lo sabemos: cuando uno de nuestros compañeros animales muere, el duelo que atravesamos lo tenemos que vivir en silencio y en solitario.
No solemos hablar del dolor que nos causa la muerte de uno de nuestros animales, porque hay un rechazo social a expresarlo. Detrás de ello está esa noción de que los humanos somos superiores y más valiosos que cualquier otro ser o elemento de la creación, un prejuicio social que minimiza la pérdida de un animal y que, por contraste, lo hace parecer como algo menos importante que la muerte de un ser humano. Es como si hubiera una categorización en cuanto a los niveles y las calidades del dolor y de la pérdida.
La muerte de un humano obliga al acompañamiento en el velorio y el entierro. No así, la pérdida de un animal cercano. Cuando a alguien se le muere un perro o un gato, por nombrar a dos de las especies más populares, se espera que el doliente se sobreponga de inmediato de su pérdida y que no se la pase llorando o hablando de la falta que le hace su animalito. (Evito usar la palabra “mascota”, porque siento que además de infantilizar o transformar al animal en una especie de juguete, infiere una relación de posesión, superioridad y dominio sobre el animal).
Tomando en consideración que en décadas recientes la industria de los cuidados animales y de la medicina veterinaria ha tenido grandes avances, nuestros animales de compañía pueden vivir por lo menos una década, algunos muchos más. Estos animales conviven con nosotros y están presentes en todos los sucesos, grandes y pequeños, de nuestras vidas. Eso los convierte en auténticos miembros de la familia, porque comparten nuestro día a día y lo más íntimo de nuestro espacio doméstico. Pero, por muchos buenos cuidados que reciban, su ciclo vital siempre es más corto y tarde o temprano tendremos que afrontar su muerte.
Como seres que sienten alegría, dolor y tristeza, los animales construyen con nosotros un tipo de relación especial que no está contaminada por el filtro de los prejuicios. Los animales nos aceptan tal como somos, sin juzgarnos. No se concentran en nuestros errores o limitaciones ni en tratar de modificarnos. No importa si tenemos mucho o poco, ni cuál es nuestra edad, nuestro oficio ni nuestra personalidad. Ellos nos aceptan como miembros de su manada y, como tal, nos ofrecen lealtad y cariño incondicionales que expresan con gestos y rituales particulares, como sus maneras de invitarnos al juego, su esperar nuestro retorno a casa junto a la puerta o acompañarnos cuando estamos enfermos o tristes. ¿No les parece extraordinario poder acercarse y compenetrarse tanto, a nivel emocional, con un ser cuyo lenguaje y hábitos son tan diferentes a los nuestros?
Ese vínculo que establecemos con los animales resulta fascinante. A través de ellos aprendemos sobre la verdadera esencia del amor, la entrega y la incondicionalidad. ¡Cuán diferentes podrían ser las relaciones entre los humanos si aprendiéramos esas lecciones de incondicionalidad que nos brindan nuestros animales!
Sara Hoggan, una doctora estadounidense especialista en emergencias veterinarias, ha dedicado parte de su carrera en dar conferencias sobre la muerte de los animales y por qué la pérdida que sentimos cuando mueren es tan intensa. Argumenta que el dolor que sentimos es real porque los sentimientos que compartimos con ellos también lo son. “No se pierde algo, se pierde a alguien, alguien cercano, alguien que es especial”, dice la Dra. Hoggan en una charla que se puede encontrar en YouTube.
Según Hoggan, la poca importancia que se le da al dolor por la muerte de un animal, el amor incondicional que comparten con sus humanos y la inhabilidad del animal de hablar con nosotros hacen que este sea un tipo de duelo diferente. A la intensidad de ese duelo contribuyen también las circunstancias de su muerte: si se tiene que tomar la decisión de la eutanasia ante un accidente o una enfermedad incurable o si muere un animal que se convirtió en un apoyo emocional invaluable, porque entró a nuestras vidas en un momento personal difícil para nosotros.
Muchas veces, justamente por lo apacible que es nuestra relación con ellos, no nos damos cuenta del inmenso significado y espacio que ocupan en nuestras vidas, hasta que mueren. A la muerte de mis gatos, por ejemplo, siempre le ha seguido una sensación de insoportable silencio, de vacío y de desasosiego. Su ausencia me hace reconocer cosas que daba por sentadas. Muchos de ellos marcan nuestras rutinas domésticas (como la hora de la comida, el juego y el descanso), marcando también las rutinas del resto de gente y animales de la casa. Son algo así como el líder emocional del hogar, alguien cuya presencia juguetona y traviesa mueve a los demás, su manada, a través de la cotidianidad.
Con algunos animales construimos relaciones de complicidad tan profundas que, justamente cuando los perdemos, comprendemos el misterio y la magia de nuestros códigos de comunicación, códigos exclusivos que nunca volveremos a establecer con otro ser vivo, ni animal ni humano. Son relaciones únicas.
El dolor que sentimos cuando muere uno de nuestros compañeros animales es real y no debe minimizarse. Tampoco debemos sentir culpa por ese dolor, que mana de un tipo de amor puro, que sólo conoceremos con nuestros perros, gatos, pericos, peces o lo que sea que nos acompañe.
No invalidemos el duelo por la muerte de un animal, no lo minimicemos. Tampoco pidamos a nadie que sustituya al animal muerto por otro nuevo, como si se tratara de un juguete roto que se reemplaza con facilidad. Cada uno de nuestros animalitos es diferente. Aunque volvamos a tener otro, nunca tendremos la misma relación porque con cada uno establecemos un nuevo tipo de dinámica, según lo dicte su personalidad.
El vacío que dejan nuestros animales en nuestras vidas es grande. Cada uno de ellos es irremplazable. Tengamos eso en cuenta cuando familiares, amigos o nosotros mismos pasemos por una pérdida de estas.
(Publicado en la sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 16 de julio, 2023. Foto de Pepper, mi gato que murió el 18 de mayo de este año y cuya muerte motivó estas reflexiones).
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Es un hermosa y acertada descripción mi estimada. Amo a los gatos y se lo que duele su partida y ese vacío que queda en el alma. saludos y gracias
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