Columna de opinión, Cultura, Revistas
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Memorias culturales

Hace poco, ordenando algunas cosas, encontré una caja llena de revistas y suplementos de periódico. Mi primera reacción fue apartar su contenido para donarlo como papel de reciclaje. Pero al ir sacando el material cambié de opinión.

Se trataba de varias revistas culturales, una improvisada colección que reuní hace algunos años. Parte de ese material es salvadoreño, pero también hay publicaciones de otros países centroamericanos. La mayoría son de los años 90 y de inicios de los años 2000, un tiempo en que no existían redes sociales y en el que todavía dependíamos de la impresión en papel para dar a conocer materiales culturales.

Artefacto y El ángel pobre de Nicaragua, Magna Terra y El borracho de Guatemala, Los amigos de lo ajeno de Costa Rica, Sagatara y Alkimia de El Salvador fueron parte de la efervescencia de ideas que tomó un renovado impulso, luego de una década de guerras y conflictos bélicos en buena parte de la región.

El silencio de las armas, la resaca de los años de censura, el espejismo de una ansiada democracia y la sensación de renovación que implicaron los cambios políticos junto con la llegada del nuevo siglo, motivaron el surgimiento de propuestas irreverentes, que rompieron con los cánones que se venían consumiendo. Ya no fue snob o elitista hablar de escritores o artistas de otras latitudes sino, por el contrario, se convirtió en una necesidad para enriquecer la creatividad centroamericana y comprender el valor de nuestras propuestas dentro de un panorama más amplio.

Muchos de estos proyectos intentaron llenar vacíos no sólo en cuanto a la difusión de nuevas propuestas, sino que también sirvieron como una plataforma para la incipiente crítica y periodismo cultural, aspectos que fueron descuidados durante los años de conflicto.

Alkimia, por ejemplo, se dio el lujo de entrevistar a escritores participantes en la Feria del Libro de Guadalajara, gracias a que uno de sus colaboradores vivía en aquella ciudad. El ángel pobre fue fundado por un grupo de estudiantes de Letras de la UCA de Managua, con el expreso propósito de difundir y promover la crítica literaria. Los amigos de lo ajeno era una mini plaquette de difusión poética costarricense. Magna Terra, revista fundada por la editorial guatemalteca del mismo nombre, difundió numerosos trabajos de análisis crítico, así como materiales literarios.

Artefacto cargó contra la solemnidad y la oficialidad, haciendo uso de la crítica, el sarcasmo y la experimentación, mientras moría la utopía sandinista y el neoliberalismo se imponía como la nueva realidad de los nicaragüenses. El borracho basaba parte de su atractivo en su ecléctica diagramación. De El borracho hubo un sólo número, lo mismo que le pasó a Sagatara, un ambicioso sueño de revista literaria centroamericana que tuvimos con algunos amigos escritores. Su complicado parto nos demostró que este tipo de proyectos requieren no sólo de una gran inversión de tiempo, sino también de formas de financiamiento, para poder imprimirla y distribuirla.

Varias revistas y suplementos, incluidos proyectos no nombrados acá, perecieron por el mismo motivo (la falta de fondos), dejando tras de sí una estela de materiales impresos que, poco menos de veinte años después, pueden considerarse joyas de nuestra producción cultural. También son un termómetro de su época, una forma de ayuda de memoria sobre las preocupaciones y discusiones culturales que se estaban dando.

Mientras hojeaba las revistas y revisaba los índices, recordé cómo en mi infancia y adolescencia, cuando ya tenía claro que quería ser escritora, soñaba con ver algún cuento o poema mío publicado en alguno de los suplementos literarios de los cuatro periódicos de aquel tiempo. Pensando eso me pregunté en qué revista aspiran hoy en día a publicar los nuevos escritores o si la ambición de publicar en papel ha decaído por completo.

El desarrollo de internet y la disponibilidad de las redes sociales tiene algo de culpa en la lenta extinción de las revistas en papel. En internet se pueden hacer revistas electrónicas, podcasts y videos, y aunque cada aplicación tiene su curva de aprendizaje, su acceso gratuito es una ventaja innegable. Un grupo de amigos puede montar su propia revista electrónica y trabajarla con la misma rigurosidad como lo harían si la imprimieran en papel. Pero dicha facilidad es también parte del motivo por el cual hay saturación de contenidos en la red. Toda persona que escribe puede autopublicarse, sin necesidad de pasar por las formalidades de un editor o de un consejo editorial, es decir, de un filtro de calidad.

Leer una revista electrónica no me causa la misma emoción que leer publicaciones en papel. Con éstas había que tener la disciplina y la gana de buscarlas. Conseguir una copia era un logro. Dichas publicaciones viajaron en maletas de escritores y amigos para ser compartidas e intercambiadas en encuentros literarios. Las guardábamos porque sabíamos que serían lecturas duraderas. Muchas eran regaladas y pasaban de mano en mano. Otras eran vendidas, pero se procuraba que tuvieran el precio más bajo posible, porque el interés era que le llegara a la gente, que circularan.

Una revista electrónica que no actualiza contenidos o que no tiene presencia visible en redes sociales, perece ante la renovación de propuestas nuevas. Se olvida su existencia. Las revistas en papel ocupan espacio y no son livianas, pero su formato es más atractivo y duradero y, a la larga, son más fáciles de consultar. No se puede comparar la experiencia de manipular una revista al escroleo interminable de las redes o páginas web, donde la atención salta de un encabezado a otro, en una búsqueda interminable.

Muchos de aquellos fenecidos proyectos no están digitalizados ni están disponibles en la web. No sé si existen colecciones completas de estas publicaciones en alguna biblioteca o institución de la región. Así es que volví a guardar toda mi colección de revistas en su caja, sin tirar ni un tan sólo ejemplar.

Ojalá, algún día, puedan estar a disposición del público, ya que estos materiales también son una parte importante de nuestra valiosa memoria cultural.

(Publicado en la sección de opinión de La Prensa Gráfica, domingo 1 de agosto, 2021. Foto propia).

4 Comments

  1. Jose Garcia says

    Acertada Como siempre..Creo que alguien o alguna institution comenzo a digitalizar la revista Cultura de Mined…

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  2. Salvador Camposvalle says

    Hola, podria donarlas al proyecto Gutenberg, o digitalizarlas, para la preservación histórica, sólo considerando los permisos por derechos de autor. El papel no se muere, solo se vuelve digital, y como con los acetatos, también revive de vez en cuando. Yo perdí el interés en los periódicos desde que se fue séptimo sentido, ya que falta la cultura popular escrita.

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    • Gracias por la sugerencia. Considerar los permisos de cada autor de cada uno de los números de las revistas sería interminable. Digitalizar cada una también sería un largo trabajo. Por el momento las conservaré como un bloque y espero incorporarlas a mi biblioteca personal que, en algún momento, donaré a alguna institución que garantice la preservación de dichos materiales.

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