Voy a dormir

Es de noche y se avecina una tormenta. Una mujer de 46 años que está hospedada en una pensión de Mar de Plata, Argentina, sufre de dolores terribles. La morfina ya no ayuda más. Debilitada por el dolor, llama a la asistenta del lugar y dicta una carta para su hijo Alejandro, de 26 años: “… Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero”.

En la madrugada del 25 de octubre de 1938, la mujer sale de su habitación. La tormenta ha comenzado. Quizás ya había escogido el lugar en días anteriores. Quizás nada más caminó y lo encontró. Lo cierto es que llegó hasta un espigón y desde allí se lanzó al mar.

En las primeras horas de la mañana, unos trabajadores ven flotar un cuerpo en la playa. Lo sacan del agua, lo llevan al hospital y reconocen a la muerta como la poeta Alfonsina Storni.

Tres años antes, en 1935, a Storni le fue detectado cáncer de mama. Los doctores la operaron y amputaron el seno derecho. Esto provocó un profundo trauma en ella. Sufrió depresiones. Se aisló de sus amistades. Comenzó una vida en solitario. Su estado de ánimo empeoró cuando poco tiempo después, se dio cuenta de que tenía metástasis y que no había cura posible. La morfina aliviaba sus dolores físicos, pero no los del espíritu.

Alfonsina Storni nació en Suiza, en mayo de 1892, durante un viaje familiar. Sus padres eran originarios de Lugano y tuvieron una época de prosperidad económica cuando migraron a Argentina, donde montaron una pequeña fábrica de cerveza. Pero los negocios de su padre Alfonso, se fueron abajo. Ella comenzó a trabajar a los 11 años, para ayudar con el sustento familiar. El padre sufrió fuertes depresiones y murió cuando Alfonsina tenía 14 años.

Storni dejó los estudios un tiempo, pero reingresó a la Escuela Normal en cuanto pudo, para sacar un título de maestra. Debido a su pobreza, debió trabajar como celadora de la Escuela, pero también se dedicó a otros oficios. Los fines de semana viajaba a Rosario a cantar en un tabladillo, un género similar al cabaret.

Ya graduada, se mudó a Rosario donde conoció a Carlos Arguimbau, un hombre casado, 24 años mayor que ella, figura prominente de la ciudad y muy culto. Cautivó a Alfonsina. Al saberse embarazada de él, ella decidió irse a Buenos Aires y asumir su destino de madre soltera.

Es 1912. Tiene poco dinero, está sola y carga una maleta llena con sus poemas y libros de Rubén Darío. Vive en una pensión. Su hijo nace en abril. Trabaja como cajera en una farmacia y luego en un almacén. También hace labores de modista. Más adelante trabaja en una empresa importadora de aceite de oliva, en un cargo llamado “corresponsal psicológico” y que equivaldría a lo que hoy conocemos como marketing y publicidad. Aborrece su trabajo, pero lo necesita para sobrevivir. En los momentos libres, en esa misma oficina, escribe un libro de versos llamado La inquietud del rosal, un libro que ella considera pésimo, pero que “escribí para no morir”.

El poemario es publicado. Recibe críticas tibias, pero también causa alboroto. No era común para la época que una mujer hablara de sus deseos amorosos. Por otra parte, Storni no ocultaba su condición de madre soltera, de lo cual habla con mucha fuerza en su poema “La Loba”.

A pesar de las polémicas en torno a sus escritos, logra entrar de a poco en el mundo de los escritores de Buenos Aires, hace amistades con varios autores, publica en diferentes revistas. Gana el respeto de algunos y la indiferencia o el recelo de otros. Ni Leopoldo Lugones ni Jorge Luis Borges opinan bien de Storni. No así el cuentista Horacio Quiroga. Todo lo contrario, Quiroga y Storni tendrían una amistad muy intensa, tanto que se rumoró que hubo una relación sentimental entre ambos. Pero cuando él se marchó a Misiones, en 1925, y le pidió irse con él, ella no accedió.

Ya para entonces, el público que leía los poemas de Storni había crecido. Se convierte en una poeta reconocida. La gente la detiene en la calle para expresar su admiración. Trabaja mucho, no solamente en sus diversos libros, artículos y presentaciones, sino también como profesora en diversas escuelas públicas dando clases de artes escénicas, castellano y matemática. Sufre un agotamiento físico y emocional para cuyo restablecimiento le son recomendados reposos anuales, con los que comienza sus visitas a Mar de Plata y Córdoba. Son reposos que duran menos de lo debido, puesto que no puede darse el lujo de descansar un solo día: debe trabajar para mantener a su hijo.

Su poesía evoluciona. La poesía amorosa que escribían las mujeres de la época y que eran llamadas “poetisas”, para calificarlas como escritoras de rango menor, se rompe con Storni. Su escritura se adentra a un estilo vanguardista y experimental, que trasciende la anécdota personal, para trabajar con evocaciones sensoriales. Así mismo, abandona la rima para cultivar un verso de ritmo personal, más suelto.

El 19 de febrero de 1937, el suicidio de Horacio Quiroga la conmociona. Quiroga había sido diagnosticado con cáncer y bebió un vaso de cianuro. Casi un año exacto después, el 18 de febrero, se suicida Leopoldo Lugones, gran amigo de Quiroga, utilizando un método similar: bebe un vaso de whisky con cianuro. Pocos meses antes del suicidio de Storni, la hija de Quiroga, Eglé, y por quien Alfonsina sentía un especial cariño, también se suicida.

Cinco días antes de su muerte, Storni envió al periódico La Nación un último poema “Voy a dormir”, escrito en aquel hospedaje de Mar de Plata: “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. (…) Gracias. Ah, un encargo:/si él llama nuevamente por teléfono/le dices que no insista, que he salido…”.

El poema, equivalente a una nota de despedida, se publicó al día siguiente del entierro de Storni.

(Publicada en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador, domingo 29 de noviembre 2020. Foto de portada: Alfonsina Storni, via Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti).

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