Domingos

Durante muchos años de mi vida, odié los días domingo. Me parecían días muertos, aburridos, sin sentido. La laxitud, el silencio, las obligaciones familiares, una pereza resultante del agotamiento acumulado de la semana y una abrumadora sensación de soledad, moldearon las más de las veces esos días en los que no sabía ni qué hacer.

Durante algún tiempo, intenté borrar el extraño sabor de los domingos probando diversas estrategias. Leía, escribía, escuchaba música. Eso me distraía del mal ánimo que me provocaba ese día, pero no del todo. Años después, durante un tiempo demasiado breve, los domingos fueron como una pequeña e íntima fiesta semanal que celebrábamos con Alguien, domingos en los que yo era terriblemente feliz.

Cuando era niña, los domingos familiares tenían rutinas bastante inalterables. Después del desayuno, mi padre iba a una finquita que teníamos cerca de Panchimalco. Muchas veces lo acompañaba, con tal de eludir la otra rutina casera. Ese día no se hacía limpieza, pero sí se cocinaba algo especial. Por lo general hacíamos una barbacoa. Era el almuerzo familiar de la semana. Todos sentados a la mesa. Luego la siesta de los adultos, mientras yo me quedaba en la sala, viendo las películas de Pedro Infante que pasaban en el canal 2.

Raras veces salíamos. Cuando lo hacíamos, casi siempre íbamos a la playa, a San Diego. Por lo inusual de nuestros paseos, dicho viaje adquiría dimensiones de ser un gran acontecimiento. La muy alemana de mi madre tenía toda la logística del paseo organizada con meticulosidad desde un par de días antes. Lista en mano, tenía prevista la comida, las horas de salida, el horario para levantarse, la ropa y los bolsos a llevar, con cumplimiento estricto para todo, so pena de una bofetada o por lo menos, de una buena gritada.

Mi padre manejaba siempre. Mi madre se ponía anteojos oscuros y se amarraba un pañuelo a la cabeza, como era la moda de entonces. El camino parecía largo. Todo estaba lleno de árboles. No había casas ni nada que ver más que la imagen del Cristo Negro, pocos minutos después de entrar en la carretera. Era mi indicativo mental de que el viaje apenas comenzaba. Más adelante, cuando veía los tanques de agua de ANDA, sabía que faltaba poco para terminar el viaje. Cuando llegábamos al cruce para San Diego, ya llevábamos todas las ventanillas del carro abiertas. Sentía el olor del mar, el golpe de la sal en mi rostro, el ruido de las olas, el calor pesado.

Por las tardes, al regresar, en ese mismo cruce, mi padre se detenía a comprar un par de pescados boca colorada que iban amarrados con una pita, de manera tal que se podían colgar en la antena del radio del carro, cerca de la puerta del conductor. Íbamos por la carretera y podíamos identificar a quienes también regresaban del mar, por lo pescados colgados de la antena.

No quería que el viaje de vuelta terminara nunca. Quería que pudiéramos pasar el resto de la vida en ese vehículo, sin llegar a ninguna parte, nada más manejando en silencio, viendo valles y cerros poblados de árboles, mientras caía la tarde y se modulaba la dureza de la luz del sol y las nubes se pintaban de colores. Yo iba con la piel picante por el exceso de sol. Los pies ásperos por el roce de la arena. Tenía la sensación de llevar el mar metido en el cuerpo. Esa burbuja de ensueño reventaba cuando pasábamos de nuevo frente al Cristo Negro. La ciudad estaba cerca. Volveríamos a nuestra odiada realidad.

Hace un par de años me reconcilié con los domingos y ahora es mi día más esperado. En algún momento caí en la cuenta de que pasaba semanas enteras trabajando, sin pausa alguna, error que solemos cometer quienes trabajamos por cuenta propia. A partir de entonces, me permito hacer lo que se me antoje, sin culpa alguna. Los horarios se rompen. Me levanto cuando termino de dormir. Por lo general, me paso el día en pijama o en la ropa más cómoda posible. Veo películas o leo sin parar. Paso horas mirando tonterías en internet. Como cuando siento hambre.

Pero por muy agradable que haya transcurrido el día, cuando se acerca la hora de la cena y comienza a oscurecer, me entra esa extraña sensación que producen los domingos, que sin duda es una de las mil variantes de la tristeza, esa certeza de que el día se acaba. Se me revuelve un poco el estómago al pensar en el lunes, en el regreso a la esclavitud, de tener que volver a una rutina de trabajo y a las obligaciones que nos alejan de las actividades que disfrutamos. Hasta me acuesto más temprano, como si el domingo estuviera reñido con el desvelo. Sé de mucha gente que odia este día.

Quizás lo que se odia del domingo es ese inevitable estado de ánimo, inducido por el cambio de velocidad y el quiebre de la rutina, por la obligación de estar en ciertas compañías o participar en actividades aburridas que preferiríamos no realizar. Quizás es un día en el que muchos palpan, con demasiada crudeza, el hueso de su soledad y piensan cosas angustiantes sobre el futuro, sobre las ausencias y sobre el sentido de todo. O quizás los domingos dejan al descubierto que hay mucho de nuestra vida que no nos gusta y que no sabemos cómo cambiar. Quizás, en el fondo, sí disfrutamos del domingo y lo que odiamos de él es que deba terminar.

 Me pregunto si es por ese momento, por esa angustia del final del día que el domingo resulta incómodo, porque trae implícita una micro dosis de nostalgia, la melancolía anticipada de nuestra mortalidad y la certeza de que la vida y el mundo continuarán sin nosotros.

Nada puede hacerse más que vivir el día, de la mejor manera posible, y tragar con humana resignación esa gota de miel agridulce que siempre destilan los domingos.

(Publicado domingo 18 de octubre de 2020, revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto de portada de @felipepelaquim en Unsplash).

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