Pequeñas epifanías

A medida que se agotan mis alimentos durante esta cuarentena, pienso mucho en Magdalena.

Magdalena es una joven que todos los martes, jueves y sábados suele vender frutas y verduras en los alrededores de la Basílica de Guadalupe, en Antiguo Cuscatlán. Es originaria de Cojutepeque y los días que le toca venir, sale temprano para pasar antes por el mercado La Tiendona y abastecerse de los mejores productos. Viene acompañada de su esposo y su madre. Él ayuda con la venta o llevando encargos voluminosos a vecinos de la zona que, por uno u otro motivo, no pueden llegar en persona. Su madre vende marquesote, salpores y otro tipo de panes.

Ni Magdalena ni los suyos, y quizás tampoco los vecinos que acudimos a su venta, nos damos cuenta real del valor de su servicio, que trasciende la simple compra venta. No es solamente que nos ayuda con el abastecimiento, sino que, al acercar el mercado hacia esta zona, nos ahorra el tiempo de ir por nuestra cuenta. Comprarle a ella es un mandado que los vecinos podemos resolver a pie, en menos de media hora. Pero más allá todavía, este tipo de servicios crean núcleos de comunidad. Gracias a ese encuentro en la venta, conocemos un poco a los habitantes de la zona. Aunque no sepamos nuestros nombres o el lugar exacto donde vivimos, los rostros de estos conocidos conforman parte de nuestra cotidianidad, de las rutinas de vida.

También me pregunto por otras personas de la zona y cómo estarán pasando esta emergencia: la señora morenita de pelo corto que vende los periódicos en la esquina; las dos señoras mayores que todos los días se sientan sobre el frío cemento de la acera a pedir monedas, en la calle de las Somascas; los muchachos del pan francés, el de la mañana y el de la tarde, con su pito distintivo; el que vende queso y su pregón sostenido, que alarga el sonido de la “o” final con la virtuosidad de un cantante; la señora de los tamales de elote y chipilín o la que vende la lotería en la gasolinera cercana.

Una tarde reapareció unos de los panaderos. Al escuchar su corneta, fue evidente el júbilo en la colonia. Varios salimos a buscar el pan, guardando la debida distancia, saludándonos apenas con la mirada, resignados a cierta frialdad. La llegada del panadero es otro de esos pequeños momentos de convivencia que extrañamos y que también forman comunidad. No nos vemos en la colonia, pero coincidimos a la hora del pan. Además, estos vendedores forman parte de un ritual imprescindible: la salvadoreñísima costumbre del café con pan dulce de cada tarde, y la cena o desayuno acompañados de nuestro pan francés, tan sencillo, pero tan fundamental en nuestra dieta.

Al interrumpirse este sistema de pequeños vendedores y servicios se suspende y se afecta, de manera indirecta, el sentido de comunidad de las personas. Esto pequeños hábitos e iniciativas, que forman parte de nuestras rutinas cotidianas, son lo primero en extrañarse en tiempos de emergencia. Son las rutinas, su continuidad, las que nos proporcionan una sensación de seguridad, de inalterabilidad. Sin embargo, muchas veces damos por sentado que dichos eventos cotidianos, elementales y en apariencia faltos de importancia, pervivirán por siempre. No es hasta que se interrumpen que tomamos consciencia de su verdadero y profundo valor.

Es frecuente escuchar en estos días la expresión de que “cuando volvamos a la normalidad” haremos tal o cual cosa. Posponemos el presente e imaginamos que la futura realidad será idéntica a la que teníamos cuando inició la pandemia. Nos cuesta aceptar que esto que estamos viviendo, es nuestra nueva realidad y que dejará cambios indelebles en muchos.

Ojalá dediquemos algunos momentos del encierro para examinar esa realidad y replantearla. Seguramente seguirá habiendo panaderos y vendedoras de legumbres, pero la emergencia ha situado en su justa dimensión la importancia real de algunas personas, relaciones y servicios a los que estábamos acostumbrados y ante los cuales nos terminamos insensibilizando, por pura costumbre. Cada una de estas personas tiene también una historia de vida de la cual ni nos enteramos. A veces, no sabemos ni sus nombres.

Otro decir que se escucha con mucha frecuencia es que ojalá salgamos convertidos en mejores personas después de esta emergencia, que todo lo que estamos viviendo nos ayude a resignificar y a revalorar el mundo para cambiarlo. Es un deseo noble, pero poco realista. No es la primera pandemia que sufre la humanidad. Hemos sufrido también grandes tragedias comunes como las dos guerras mundiales, las bombas atómicas en Japón y otros eventos que han conmocionado a la humanidad a lo largo de la historia. Después que se calman las aguas de cada emergencia, la humanidad ha vuelto a hacer girar la misma rueda en la que se encuentra atrapada, como un hámster vicioso. Los sistemas económicos y políticos, que giran en torno al dinero y el poder, se encargarán de empujarnos para que retomemos nuestra vida anterior lo más pronto posible, con todas sus imperfecciones e injusticias.

La prisa por retornar a lo que llamamos “normalidad”, y que hoy por hoy añoramos, a pesar de que ya antes las cosas andaban mal, nos hará olvidar esas pequeñas epifanías personales que nos han sido reveladas en medio de la suspensión de la enajenación y la rutina diaria. En pocos pervivirá la noción de lo descubierto y, con el paso del tiempo, la cuarentena será uno de esos extraños recuerdos comunes, de los que hablaremos hasta la próxima pandemia, guerra o desastre.

Pienso mucho en Magdalena durante estos días de cuarentena y me pregunto cómo se la estará pasando. ¿Qué estarán haciendo ella y su familia para sobrevivir? ¿Habrán sido beneficiados con el subsidio de los 300 dólares?

No tengo idea, pero espero que pronto podamos volver a vernos y conversarlo, entre canastos llenos de verduras y frutas, junto a los vecinos de siempre, sin miedo a ningún tipo de contagio.

(Publicada domingo 19 de abril 2020 en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador. Foto de portada: Free-Photos de Pixabay).

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